05 septiembre 2013

Siria: la hora de la solidaridad.

Por Francisco de Asis.
Secretario General del PCA
 
"Por la paz, por la soberanía nacional de Siria y los derechos de su pueblo a escoger su destino, contra el imperialismo, la guerra y la destrucción, es la hora de la solidaridad sin reservas, es la hora de la movilización."
 
El internacionalismo de clase es una seña de identidad inherente a la izquierda revolucionaria. Convertirlo en práctica política concreta, entraña distintos grados de compromiso y de dificultad, según los casos.
 
Así, la denuncia de lo que fue el ‘apartheid’ sudafricano no era difícil, ya que, sin merma de su carácter de clase, representaba una proposición política de muy amplio seguimiento, secundada por reformistas de la más diversa índole, progresistas, defensores de los derechos humanos, etc., y presentable dentro de lo “políticamente correcto”, al amparo de las resoluciones de las Naciones Unidas.
 
Hoy, la defensa del derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui, especialmente desde España, como antigua potencia administradora, encuentra un eco muy diversificado (aunque en no pocos casos sea de dientes para afuera), y algo análogo se da con respecto a la repulsa del sionismo, de sus crímenes y bárbaras agresiones contra el pueblo palestino y con respecto al derecho de éste a vivir en paz, dentro de su propio Estado, y al retorno de sus refugiados, todo ello bajo la invocación también al derecho internacional y el respaldo de la ONU, pese a su probada y radical ineficacia.

Sin duda, el abanico solidario se estrecha, aunque siga siendo importante, cuando hablamos de la Venezuela bolivariana o del Ecuador de Correa. Y una parte de lo que dentro del sistema funge como “izquierda”, precisamente para legitimar a aquél con la coartada del pluralismo, tuerce el hocico y saca los espantajos del populismo, la chabacanería, las formas autoritarias o el cerco a la libertad de expresión. El grupo PRISA, la SER o ‘Reporteros sin Fronteras’, entre otras muchas otras entidades que forman parte del gran capital transnacional o que están infiltradas por los “servicios” occidentales, se encargan de tergiversar las realidades y de suministrar el argumentario oportuno.
 
No digamos nada si de lo que se trata es de Cuba. Entonces las empresas de comunicación y los intelectuales orgánicos del sistema se emplean con denuedo en desatar toda la zarabanda de “blogueras”, damas de blanco, supuestos periodistas y honrados disidentes en huelga de hambre, calando profundamente en los segmentos más hipócritas o estúpidos de la supuesta “izquierda” que hace por ignorar el mecenazgo de la Oficina de Intereses de los EE.UU. en La Habana, los buenos oficios de Esperanza Aguirre y sus amigos, incluido el chófer letal, y el hecho incontestable de que el único campo de prisión y tortura que existe en la isla es la base yanqui de Guantánamo. Con todo y con eso, Cuba es mucha Cuba, mucha esperanza de vida, mucha alfabetización, mucha cultura popular, mucha infancia feliz que no trabaja para malvivir y mucha solidaridad con Haití, con Venezuela, con Nueva Orleans (por cierto, USA) y con quien haga falta, hasta, cuando la hizo, poniendo los arrestos en Angola y partiéndole el espinazo al ‘apartheid’ en la batalla histórica de Cuito Cuanavale. Así, aunque no seamos tantos, para los revolucionarios no resulta difícil romper una y mil lanzas solidarias con Cuba, también donde haga falta.
 
Por eso, como todas las solidaridades citadas no resultan especialmente difíciles, al menos cuando se ciñen al plano de lo declarativo, viene a cuento situar ahora en el centro del campo de atención el caso de Siria. Lo primero que hay que decir es que somos solidarios con el pueblo trabajador de Siria. Pero esa afirmación hay que explicarla en lo concreto, es decir, históricamente, o sea, refiriéndola a la situación material por la que ahora mismo atraviesa el país, y también a sus causas.
 
La llamada “primavera árabe” fue inicialmente un movimiento popular con fuerte componente espontáneo y voluntad participativa y democratizante. Estalla en Túnez y en seguida se propaga a Egipto y luego a Libia, a Yemen, a Marruecos, a Siria. Los países con regímenes autoritarios o dictatoriales amigos del Occidente imperialista respondieron con mayor o menor violencia (Túnez y Egipto) o con más cintura política (Marruecos), no exenta de voluntad lampedusiana. Así, mientras que a Mohamed VI le dieron resultado sus marrullerías, los sátrapas de Túnez y de Egipto fueron desbordados por los movimientos populares de oposición desarmados y abrumadoramente masivos, si bien es verdad que crecientemente entremezclados con el componente islámico fundamentalista, incluido el más radical.
 
La evolución de los acontecimientos en los países donde los gobiernos no estaban a las órdenes de los grandes capitales transnacionales ni eran actores subalternos de las potencias occidentales (Libia y Siria) fue bien distinta. Primero en Libia, la llamada “oposición” pasó a constituirse tempranamente en una rebeldía armada, favorecida en seguida política, económica y militarmente por potencias como Francia, Reino Unido o EE.UU., pronto por Italia y España y pertrechada con equipos sofisticados, asesorada por expertos militares y comandos extranjeros, e incrementada por fundamentalistas islámicos, activistas de Al Qaeda, y mercenarios de diversas procedencias. Las condenas de una ONU domesticada por los EE.UU., Gran Bretaña y Francia, ante la pasividad cómplice de Rusia y de la República Popular China (de la que ahora están tardíamente arrepentidos), ampararon la supuesta “exclusión aérea” que, además de conllevar una inadmisible injerencia en la soberanía libia, se convirtió en una brutal intervención multilateral a gran escala, con bombardeos aéreos sobre la población civil, lanzamiento de misiles de crucero que arrasaron por completo el país y ocasionaron un número desconocido de daños colaterales humanos.
 
¿Merecía la pena tanta ruina y tanta muerte para acabar con alguien como Ghadafi? ¿Era más autócrata Ghadafi que Mohamed VI, que los emires del Golfo o que el repugnante reyezuelo de Arabia Saudí? ¿Quién suponía una amenaza para la paz en la región, quién violaba constantemente el derecho internacional, quién desencadenaba tormentas de fuego y de muerte contra sus vecinos, el gobierno libio o el gobierno de Israel? ¿Los trabajadores del petróleo libios, los maestros de escuela, los campesinos, los médicos, las mujeres, los niños, la inmensa mayoría del pueblo se han beneficiado de aquella guerra? ¿O los beneficiarios son la British Petroleum, la Elf, la Shell, la Texaco, la Repsol, el gran gendarme sionista del Medio Oriente y la estrategia global de los Estados Unidos?.
 
Hoy, cuando no han transcurrido dos años del fin de aquella guerra de agresión, Libia está destrozada. Ya no es ni siquiera un país, sino un conglomerado de intereses tribales en pugna, de venganzas y masacres sin límite, una ausencia absoluta de garantías para ningún derecho humano., un reducto de pobreza y desolación y un terreno abonado para el fanatismo religioso, el atraso y la ignorancia, a años luz de la prosperidad económica, los parámetros de calidad de vida y el carácter laico que caracterizaban a la sociedad civil libia, más allá de su organización política.
 
Pues bien, ahora son los mismos actores imperialistas quienes tratan de repetir su hazaña en Siria. Venían esperando una oportunidad desde hacía años. Primero preparan a la opinión pública desde sus instrumentos de manipulación. Como siempre, la primera trinchera reside en el lenguaje. Se habla de la “oposición” siria, ¿qué oposición? La oposición es concepto propio de un régimen parlamentario pluripartidista. O, en el caso de las dictaduras, la oposición puede plasmarse en organizaciones clandestinas que inciden sobre la población y tratan de modificar su conciencia y promover su movilización para procurar cambios en la política, en el gobierno o, incluso, en el propio régimen. Tal fue el caso del Partido Comunista en la España de los años 50, 60 y 70. Pero desde el momento en que los grupos rebeldes se arman y combaten, ya no son “oposición”, son otra cosa, tal como una guerrilla, una banda terrorista o todo un ejército insurgente que promueve una guerra civil.
 
Ése es el caso de Siria. En efecto, sin haber abandonado las prácticas terroristas indiscriminadas en el más puro estilo yihadista, con coches bomba, activistas suicidas y centenares de muertos civiles, incluidos niños, los rebeldes fuertemente armados a través de Turquía, de Jordania y de Irak con pertrechos procedentes de Libia, Arabia Saudí, Qatar, los Emiratos, y de diversos países occidentales, reforzados con miles de mercenarios, integristas islámicos, instructores y agentes de servicios extranjeros, financiados descaradamente por estados de la Unión Europea, por las monarquías árabes y por los Estados Unidos, y aprovechándose de rivalidades ancestrales entre las distintas facciones musulmanas (suníes, chiíes, alawíes), han conformado todo un ejército y desencadenado una guerra civil en toda regla con una preponderante y creciente intervención extranjera. ¿De qué “oposición” estamos hablando?.
 
Y siguieron hablando de “armas químicas del régimen”, un infundio que suena a “déjà vu”, tras la mendaz utilización que de ello se hizo para desencadenar la guerra de Irak y sumir a ese país en el período más horroroso de su historia. Es verdad que los plumíferos del sistema se vieron en un aprieto cuando la fiscal Carla del Ponte, no muy sospechosa de afinidades con Bachar Al Assad, denunció la presunta utilización de gas sarín…, pero por parte de los rebeldes. ¡Curiosa “oposición”, fumigando a la gente con un gas venenoso! Sin embargo, no importa: la memoria de los lectores es frágil. Lo leído se olvida pronto. Siria queda muy lejos. Y, sobre todo, los plumíferos son cínicos de sobra para seguir, unos días después, repitiendo lo mismo. Las enseñanzas de Goebbels, maestro en la materia, siguen siendo impagables.
 
Pero existen muchos más filones de manipulación. Cada día nos machacan con la gran crueldad de las tropas del “régimen” (fíjense bien, si es el de Al Assad, es “régimen”. Si es el de Netanyahu no es “régimen”. Mohamed VI, por lo visto, tampoco tiene “régimen”). Nos abruman con horribles matanzas en los barrios de Alepo y de otras ciudades. Muy poco de ello aparece de verdad documentado. Hay muchos muertos. Claro que hay muchos muertos. Los que siempre produce una guerra. Eso es lo que está documentado. Pero de las horribles matanzas de civiles o de prisioneros a sangre fría, siempre condenables, buena parte de la documentación existente se refiere precisamente a prácticas bárbaras de los rebeldes: destacamentos enteros del ejército sirio degollados o fusilados tras caer prisioneros; mujeres violadas, pertenecientes a distinta confesión religiosa; o la muy llamativa historia filmada y difundida de un oficial moribundo a quien le arrancan nada menos que el corazón.
¡Pues vaya “oposición” al “régimen” que tenemos en Siria! Y vaya amigos que en su día se buscó el ministro Margallo para haber aprobado junto a la muy democrática Unión Europea el levantamiento del embargo de armas “a Siria”, es decir, a esa “oposición” que degüella, fusila viola y arranca corazones a los prisioneros.
 
Claro, todos los “demócratas” coinciden. Margallo no es muy significativo porque es del PP y, por ende, un poco facha. ¿Pero Hollande, socialista él… Y un hombre tan respetable como Durão Barroso… Y Cameron, tory, pero un caballero inglés… Y el demócrata Obama, que, además, es negro y se acuerda de Luther King ?.
 
Da lo mismo. De lo que estamos hablando es de intereses económicos y de geoestrategia. Y en ello, en última instancia, coinciden conservadores y reformistas como representantes del sistema.
 
Hoy, tras el relativo compás de espera de un verano en el que las cosas no fueron bien para los rebeldes, Occidente y las monarquías reaccionarias del próximo Oriente se han puesto las pilas y han decidido por fin desencadenar la masacre.
 
No existen pruebas de la utilización de agentes químicos por parte del gobierno sirio, si acaso de lo contrario, por parte de los grupos que han desencadenado la guerra civil. Pero da igual. El Consejo de Seguridad de loa ONU no ha acordado ninguna intervención militar. Da lo mismo. Inspectores de Naciones Unidas están ahora investigando en Siria. No importa. El sentido común más elemental sugiere que, por muy torpe que fuese el gobierno sirio, no va a emplear gases en vísperas de los trabajos de una comisión de la ONU, cuya entrada autoriza en el país, y que acude precisamente a inspeccionar si se utilizan gases. ¿Es que además de diabólico, el mando del ejército sirio es imbécil?. Tampoco importa.
 
El peligro de una extensión incontrolada del conflicto es evidente. Las dudas cunden. Los británicos se apuntan a una moratoria esperando resultados de la comisión investigadora. François Hollande, que hace tres días reclamaba con ímpetu el castigo para “los que gasean a su pueblo”, ha cambiado de posición y ahora aboga por una solución política. Pero también da igual. Al final terminará demostrándose, una vez más, que el imperialismo europeo es subalterno del imperialismo norteamericano y harán lo que decidan los halcones de Washington, sean blancos o negros.
 
Uno se pregunta además hasta qué punto Rusia o China, con intereses geoestratégicos en la zona, han aprendido lo suficiente de su vergonzosa pasividad en el caso de Libia y por qué no hacen algo más que advertir, condenar la agresión inminente y ayudar a Siria con algunos pertrechos. Si Siria cae, que se prepare Irán y que hagan lo propio China y Rusia, a quienes el imperio pretende segar la hierba bajo los pies de manera implacable.
 
Por eso, entre nosotros, en el Estado español, territorio sembrado de instalaciones y bases de los agresores, con un gobierno bien conocido como lacayo de los intereses norteamericanos, un PSOE opositor maltrecho y débil, que esta vez parece apuntarse al mismo carro belicista, si hacemos caso a lo explicado por Elena Valenciano, y con algunos sectores de la izquierda, supuestamente reflexivos y ecuánimes, que se instalan cómodamente en el “ni-ni”, situando de forma equidistante al gobierno sirio y a los imperialistas que están volviendo a urdir su implacable tormenta de muerte y destrucción, hoy es más necesario que nunca retomar el lema de “NO A LA GUERRA” y emprender movilizaciones por la paz, favoreciendo soluciones políticas sobre la base del respeto al derecho internacional, al principio de no injerencia, a la soberanía nacional de Siria y a los derechos de su pueblo, que sólo podrán expresarse libremente cuando cese la actividad terrorista de las bandas armadas y de los mercenarios, auspiciada por Occidente, por el integrismo islámico más reaccionario y por las repugnantes satrapías del Golfo.
 
Por la paz, por la soberanía nacional de Siria y los derechos de su pueblo a escoger su destino, contra el imperialismo, la guerra y la destrucción, es la hora de la solidaridad sin reservas, es la hora de la movilización.

29 agosto 2013

Siria y el PSOE: lengua de serpiente.

Por Pablo Iglesias.
Profesor de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid.
 

El alineamiento del PSOE con el Partido Popular para apoyar la intervención de los EEUU en Siria está causando perplejidad entre sus bases y los votantes de izquierdas que todavía no les han dado de lado definitivamente. Dudo de que ningún militante socialista se crea que las intervenciones de los EEUU en Oriente Próximo tengan algo que ver con la promoción de la democracia y de los derechos humanos. Cualquier persona con mínimos conocimientos sobre la política internacional sabe que las operaciones militares responden a intereses económicos y geoestratégicos cuyos desastrosos resultados para las poblaciones que las sufren los hemos visto en Irak, Afganistán o Libia.
 
Por eso buena parte de los fabricantes de argumentarios vinculados al PSOE se han apresurado en contraatacar y preguntarnos a los que nos oponemos al ataque lo siguiente ¿Qué haríais vosotros para solucionar el problema de Siria? Con esta pregunta pretenden criticar, con un estilo weberiano, una supuesta falta de decisionismo de la izquierda; mientras miles de sirios mueren la izquierda prefiere “no hacer nada”.
 
El problema es que la pregunta parte de un supuesto erróneo, cuando no simplemente cínico, a saber, que la intervención de los EEUU tiene como objetivo rescatar a la población siria. Vaya tomadura de pelo. En cualquier caso a la pregunta se podría responder preguntando ¿Y qué haríais vosotros con las dictaduras de Qatar y Arabia Saudí? A lo que tendrían que contestar que son nuestros aliados (como parece que lo va a ser Al-Qaeda) y que además pagan sueldazos a nuestros futbolistas veteranos y que además Florentino Pérez hace buenos negocios allí. Como dijo Javier Krahe a Felipe González en su canción “Cuervo ingenuo” que TVE le censuró: “Hombre blanco hablar con lengua de serpiente”.
 
Pero vayamos ahora a las razones de EEUU para atacar Siria y a la excusa oficial de las armas químicas que, al parecer, convence a los think tanks socialistas.
 
Lo que busca EEUU lo explicaron de maravilla Zbigniew Brzezinski y John McCain en la revista norteamericana Time Magazine el pasado mes de mayo.
 
Brzezinski fue consejero de seguridad nacional del presidente Jimmy Carter y es uno de los gurús de la geopolítica en Estados Unidos cuyos hijos, que han continuado el oficio familiar, asesoraron respectivamente a Obama y a McCain. Para Brzezinski, de lo que se trata es de acabar con el régimen político de al-Assad (aliado de Irán) pero, temeroso de las consecuencias imprevisibles de una intervención militar (“intervention will only make it worse” nos dice), era partidario de una estrategia diplomática que comprometiera a China y Rusia en la promoción de unas elecciones en Siria patrocinadas por la ONU “persuadiendo” a al-Assad de que no se presentara.
 
McCain, por su parte, decía en la revista compartir el mismo objetivo pero como buen republicano era partidario usar al ejército para derribar a al-Assad y lo expresaba de manera cristalina “for America, our interests are our values, and our values are our interests.”
 
¿Necesitan los asesores del PSOE más argumentos? McCain lo deja claro; los valores de los EEUU son los intereses de los EEUU. Y punto.
 
Respecto a la excusa oficial de las armas químicas, proclamada cínicamente por EEUU y sus perros falderos europeos (RU, Francia, España…), tanto el sentido común como las evidencias apuntan a su fragilidad. Dejando a un lado las peticiones del secretario general de la ONU para que dejen trabajar a los inspectores, parece claro que el armamento químico y bacteriológico tendría como objetivo a Israel y Turquía, antes que a la oposición armada y no ya por razones morales (que casi nunca operan en las guerras) sino por la superioridad militar del ejército de al-Assad y porque tendría poco sentido ponérselo tan fácil a EEUU cuando Obama lleva semanas señalando que el uso de armas químicas sería el pistoletazo de salida para la intervención de su ejército. Por otro lado, al parecer, hay tres miembros de Hezbolá que combatían junto a las tropas del gobierno en Damasco, que se recuperan en un hospital de Beirut de un ataque con el mismo gas en el mismo día en que supuestamente atacó el ejército sirio. Como escribía Robert Fisk ¿cómo es que los hombres de Hezbolá pueden haber sido atacados también?.
 
Los últimos años han dejado innumerables pruebas de que, en las cosas importantes, eso que se llama cuestiones “de Estado”, el PP y el PSOE dejan a un lado el circo cotidiano de la crispación y se ponen de acuerdo; pactaron la reforma constitucional, acordaron una postura conjunta de sumisión frente a la troika europea, defienden que sus corruptos sigan aforados y, en política internacional, apoyan la presencia de bases de EEUU en nuestro territorio, respaldaron el ataque de la OTAN contra Libia y ahora apoyarán el ataque contra Siria.
 
¿Podría hacer otra cosa el PSOE? Por supuesto, para empezar podría apostar por la salida de las tropas estadounidenses de nuestro país y podría haberse opuesto a que la CIA utilizara nuestro espacio aéreo y nuestros aeropuertos para transportar prisioneros a cárceles ilegales en las que iban a ser torturados, como denunció el suizo Dick Marty en su estremecedor informe ante el Comité de Asuntos Legales y de Derechos Humanos del Consejo de Europa. Pero ya lo decía Krahe, hombre blanco hablar con lengua de serpiente.
 

29 julio 2013

El regreso de la Reforma Agraria.

Por Javier Navascués.
 
 
La Constitución de 1978 no hace ninguna referencia a la Reforma Agraria. Es sintomático del cariz de la transición. Tanto las Constituciones de los países derrotados tras la Segunda Guerra Mundial (Italia, Japón, Alemania) como las de los otros países que llegaron a la democracia tardíamente (Portugal, Grecia) sí contienen referencias a la misma. En Japón la impusieron los propios EEUU. En Portugal no hubo más remedio, tras las ocupaciones de tierras en el Alentejo en 1975.

Es la lucha del pueblo andaluz por la autonomía plena –que se alimenta de las luchas por el empleo en el campo en los años de la transición– la que lleva la Reforma Agraria a una Ley. Y es la marcha por la reforma agraria de 1983 la que hace que se active la reivindicación. Es historia conocida: se reavivan elementos clásicos (el problema de la propiedad de la tierra, las luchas contra la mecanización en el algodón, …) que muestran como seguía habiendo problemas históricos sin resolver. También cuestiones nuevas que el PCA intenta resolver con su propuesta de Reforma Agraria Integral. Al final la reforma agraria andaluza se salda con algunos asentamientos en tierras públicas que acaban languideciendo y no se expropia ni una maceta. En medio se cruza la cuestión del PER y el subsidio, y después vienen la PAC y la explosión de los cultivos de primor y los inmigrantes sustituyen a los jornaleros, mientras los jornaleros se convierten en albañiles.

La crisis parece habernos devuelto otra vez al pasado y nos recuerda los viejos problemas: sobre todo el de la propiedad. Aunque si algo pasa es que a la luz de la crisis ecológica la cuestión de la propiedad de la tierra adquiere una nueva luz; del mismo modo que el aire o el agua son bienes comunes, la tierra también lo es. IULV-CA ha lanzado una propuesta para la creación de un Banco de Tierras. Poco a poco se van extendiendo las ocupaciones de fincas, de momento simbólicas. Bienvenidas sean. Pero hay que saber que mientras aquí olvidábamos, son otros los que han seguido construyendo el discurso. La vieja lucha por la tierra sigue pero en el siglo XXI ya no es una lucha anti-feudal y productivista, sino que es la respuesta a la “reforma agraria” del capital global. Contra el paradigma del monocultivo, la destrucción ambiental, el gigantismo y el empleo abusivo de energía y fertilizantes, contra la orientación a la exportación y contra las patentes sobre la vida. Como nos enseñan el MST brasileño o las luchas chipko de las laderas del Himalaya, la reforma agraria popular no es sólo un problema de empleo sino una cuestión más amplia; es una cuestión de organización social, de atención a las necesidades y seguridad alimentaria, de la preservación de la variedad de la vida y de la relación de la sociedad con la naturaleza. Aunque la cuestión de fondo sigue siendo la misma; la propiedad de la tierra. Antes propiedad feudal, ahora como capital: la naturaleza como mercancía.
 

30 junio 2013

Inauguración de las jornadas: "Medio siglo después. E.P. Thompson y la formación de la clase obrera en Inglaterra"

 
Se cumplen cincuenta años de la publicación de La formación de la clase obrera en Inglaterra, de Edward P. Thompson, uno de los libros más influyentes de la segunda mitad del siglo XX, incluso más allá de la historiografía. El libro y, más en general, la obra de Thompson en su conjunto plantea elementos teóricos y categorías analíticas claves para la comprensión histórica y de la dinámica social, cultural y política.
 
Ciertamente, a partir de los años ochenta, conceptos como clase, experiencia de clase o lucha de clases, entraron en desuso entre muchos historiadores y en el ámbito más amplio de la cultura política en Europa y Norteamérica. Pero lo que salió por la puerta, parece volver a entrar por la ventana. Así es que esos conceptos tan asociados a Thompson, están regresando al primer plano en las Ciencias Sociales a medida que se ha ido agudizando la crisis económica y de representación en esos ámbitos geográficos.
 
Estas jornadas de debate organizadas por la Sección de Historia de la Fundación de Investigaciones Marxistas y la Fundación 1º de Mayo no tienen por objeto hacer historia de la historiografía. Queremos que sean una ocasión para el debate y la reflexión sobre el modo en que mejor podemos comprender el pasado y articular una nueva agenda historiográfica para nuestros tiempos, pues en las encrucijadas de nuestro pasado se pueden encontrar respuestas para nuestro presente y futuro.




01 junio 2013

China, 2013.

Por Samir Amin

Los debates sobre el presente y el futuro de China (un poder "emergente") no me acaban de convencer. Algunos sostienen que China ha emprendido, de una vez por todas, el "camino capitalista" y se propone incluso acelerar su integración en la globalización capitalista contemporánea. Satisfechos con dicha conclusión sólo esperan que esta "vuelta a la normalidad" (el capitalismo, el "fin de la historia") se acompañe del desarrollo de la democracia al estilo occidental (múltiples partidos, elecciones, derechos humanos). Creen (o necesitan creer) en la posibilidad de que China alcance en términos de renta per cápita a las sociedades opulentas de Occidente, aunque sea poco a poco, algo que yo creo imposible. La derecha china secunda este punto de vista. Otros se lamentan por lo mismo en nombre de los valores de un "socialismo traicionado." Hay quienes repiten las expresiones dominantes de la práctica del  “China de bashing”1 en Occidente. Y otros, (quienes están en el poder en Beijing) describen el camino elegido como "socialismo al estilo chino", sin precisar más. Sin embargo, se pueden discernir sus características mediante la lectura detallada de los textos oficiales, sobre todo la de los planes quinquenales, que son precisos y aplicados muy en serio.
 
De hecho la pregunta, "¿Es China capitalista o socialista?" está mal planteada, es demasiado general y abstracta para que cualquier respuesta tenga sentido en términos absolutos. De hecho, China ha venido siguiendo una vía original desde 1950, e incluso desde la Revolución de los Taiping en el siglo XIX. Trataré aquí de aclarar la naturaleza de esta ruta original en cada una de las etapas de su desarrollo, desde 1950 hasta la actualidad -2013.
 
La cuestión agraria
 
Mao describió la naturaleza de la revolución llevada a cabo en China por su Partido Comunista como una revolución anti-imperialista/anti-feudal que caminaba hacia el socialismo. Mao nunca supuso que, después de encargarse del imperialismo y el feudalismo, los chinos hubiesen "construido" una sociedad socialista. Siempre caracterizó esta construcción como la primera fase del largo camino hacia el socialismo.
 
Debo destacar el carácter altamente específico de la respuesta dada a la cuestión agraria por la Revolución China. La tierra (agrícola) distribuida no se privatizó, sino que mantuvo la propiedad de la nación representada por las comunas rurales y se concedió a las familias campesinas su uso. Este no fue el caso de Rusia, donde Lenin, ante el hecho consumado de la insurrección campesina de 1917, reconoció la propiedad privada de los beneficiarios de la distribución de la tierra.
 
¿Por qué la aplicación del principio de que la tierra agrícola no es un bien comerciable fue posible en China (y Vietnam)? Se repite constantemente que los campesinos de todo el mundo suspiran por la propiedad, sin más. Si ese hubiese sido el caso de China, la decisión de nacionalizar la tierra habría conducido a una interminable guerra con los campesinos, como sucedió cuando Stalin comenzó la colectivización forzosa en la Unión Soviética.
 
La actitud de los campesinos de China y Vietnam (y de ningún otro país) no puede ser explicada por una supuesta "tradición" que ignorase la propiedad. Es el producto de una línea política inteligente y excepcional implementada por los partidos comunistas de ambos países.
 
La Segunda Internacional dio por sentada la aspiración inevitable de los campesinos a la propiedad, lo suficientemente real en la Europa del siglo XIX. Durante la larga transición europea del feudalismo al capitalismo (1500-1800), las incipientes formas feudales institucionalizadas de acceso a la tierra a través de los derechos compartidos entre rey, señores y siervos campesinos se había disuelto gradualmente siendo reemplazada por propiedad privada burguesa moderna, que trata la tierra como una mercancía, un bien del que el propietario puede disponer libremente (comprar y vender). Los socialistas de la Segunda Internacional aceptaron este hecho consumado de la "revolución burguesa", aunque lo criticaran.
 
También pensaban que la pequeña propiedad campesina no tenía futuro, que estaba en las grandes empresas agrícolas mecanizadas siguiendo el modelo de la industria. Pensaban que el desarrollo capitalista por sí mismo llevaría a una gran concentración de la propiedad, así como a las formas más eficaces de explotación (ver los escritos de Kautsky sobre este tema). La historia demostró que estaban equivocados. 
 
La agricultura campesina dio paso a la agricultura familiar capitalista en un doble sentido: una que produce para el mercado (siendo el autoconsumo insignificante) y otra que hace uso de equipos modernos, insumos industriales, y crédito bancario. Es más, esta agricultura familiar capitalista ha resultado ser muy eficiente si se compara con las grandes explotaciones, en términos de volumen de producción por hectárea y por trabajador/año. Esta observación no excluye el hecho de que el agricultor capitalista moderno es explotado por el capital monopolista generalizado, que controla el abastecimiento por arriba de los insumos y el crédito y por abajo, la comercialización ulterior de los productos. Estos agricultores se han convertido en subcontratistas del capital dominante.

Por lo tanto, (erróneamente) persuadidos de que la gran empresa siempre es más eficiente que la pequeña en todas las áreas de la industria, los servicios y la agricultura, los socialistas radicales de la Segunda Internacional, asumieron que la abolición de la propiedad de la tierra (la nacionalización de la tierra) podría permitir la creación de grandes granjas socialistas (análogos a los futuros sovjoses y koljoses soviéticos). Sin embargo, no fueron capaces de poner esas medidas a prueba puesto que la revolución no estaba en el orden del día en sus países (los centros imperialistas).
 
Los bolcheviques aceptaron estas tesis hasta 1917. Contemplaban la nacionalización de las grandes propiedades de la aristocracia rusa, dejando la propiedad de las tierras comunales a los campesinos. Sin embargo, fueron sorprendidos más adelante por la insurrección campesina, que se apoderó de los latifundios.
 
Mao extrajo conclusiones de este hecho y desarrolló una línea completamente diferente en la acción política. A principios de la década de 1930 en el sur de China, durante la guerra civil de la liberación, Mao basa la creciente presencia del Partido Comunista en una sólida alianza con los campesinos pobres y sin tierra (la mayoría), mantuvo relaciones amistosas con los campesinos medios y aisló a los campesinos ricos en todas las etapas de la guerra, sin llegar a antagonizar con los mismos. El éxito de esta línea prepara a la gran mayoría de la población rural a considerar y aceptar una solución a sus problemas que no pasase por la propiedad privada de las tierras adquiridas a través de la distribución. 
 
Creo que las ideas de Mao y su implementación exitosa, tienen sus raíces históricas en la Revolución de los Taiping del siglo XIX. Así Mao tuvo éxito donde el Partido bolchevique había fracasado: en el establecimiento de una sólida alianza con la gran mayoría rural. En Rusia, el hecho consumado del verano 1917 eliminó posteriores posibilidades de una alianza con los campesinos pobres y medios contra los ricos (los kulaks), ya que los primeros estaban ansiosos por defender su propiedad privada adquirida y, por tanto, prefirieron seguir a los kulaks en lugar de a los bolcheviques.
 
Esta "especificidad China" (cuyas consecuencias tienen gran importancia), nos impide caracterizar la China contemporánea (incluso en 2013) como "capitalista", porque el camino capitalista se basa en la transformación de la tierra en una mercancía.
 
 
Presente y futuro de la pequeña producción
 
Sin embargo, una vez que se acepta este principio, las formas de uso de este bien común (la tierra de las comunidades de las aldeas) pueden ser muy diversa. Para entenderlo, debemos ser capaces de distinguir entre pequeña producción y pequeña propiedad.
 
La pequeña producción (campesina y artesanal) ha dominado la producción en todas las sociedades del pasado. Ha conservado un lugar importante en el capitalismo moderno, ahora vinculado a la pequeña propiedad en la agricultura, los servicios, e incluso en ciertos sectores de la industria. Ciertamente, en la tríada dominante del mundo contemporáneo (Estados Unidos, Europa y Japón) está retrocediendo. Un ejemplo de ello es la desaparición de las pequeñas empresas y su sustitución por las grandes operaciones comerciales. Sin embargo, esto no quiere decir que este cambio sea "progresista", incluso en términos de eficiencia, y con mayor razón si se tienen en cuenta las dimensiones sociales, culturales y civilizacionales. De hecho, es un ejemplo de la distorsión producida por la dominación de los monopolios rentistas. Por lo tanto, tal vez en un futuro socialismo el lugar de la pequeña producción sea llamado a reanudar su importancia.
 
En la China contemporánea, en todo caso, la pequeña producción (no necesariamente vinculada a la pequeña propiedad) mantiene un lugar importante en la producción nacional, no sólo en la agricultura sino también en amplios sectores de la vida urbana.
 
China ha experimentado muy diversas formas de uso de la tierra como bien común, incluso contradictorias. Tenemos que discutir, por un lado, la eficiencia (el volumen de la producción de una hectárea por trabajador / año) y, por otro, la dinámica de las transformaciones puestas en marcha. Estas formas pueden reforzar las tendencias hacia el desarrollo capitalista, que terminaría poniendo en duda el carácter no mercantil de la tierra, o pueden ser parte del desarrollo en una dirección socialista. Estas preguntas sólo pueden responderse a través del examen concreto de las formas en cuestión, ya que se llevaron a cabo en momentos sucesivos de desarrollo de China, desde 1950 hasta el presente.
 
Al principio, en la década de 1950, la forma adoptada era la pequeña producción familiar combinada con formas más simples de cooperación para la gestión del riego, trabajo que requiere la coordinación y el uso común de ciertos equipos. Esto se asoció con la inserción de esa pequeña producción de la familia en una economía estatal que mantiene el monopolio de la compra de la producción destinada al mercado y la oferta del crédito e insumos, todos ellos en función de los precios previstos (decididos por el centro).
 
La experiencia de los municipios tras la creación de las cooperativas de producción en la década de 1970 está llena de lecciones. No es necesariamente una cuestión de pasar de la pequeña producción a las grandes explotaciones, aunque la idea de la superioridad de estas últimas inspiró a algunos de sus seguidores. Lo esencial de esta iniciativa se originó en la aspiración a la construcción del socialismo descentralizado. Las comunas no sólo tenían la responsabilidad de la gestión de la producción agrícola de un pueblo grande o de un colectivo de pueblos y aldeas (esta organización en sí era una mezcla de las formas de la pequeña producción familiar y de una ambiciosa producción especializada), sino que también proporcionó un marco más amplio: ( 1) unir las actividades industriales que empleaban a los campesinos disponibles en ciertas épocas del año, (2) la articulación de las actividades económicas productivas, junto con la gestión de los servicios sociales (educación, salud, vivienda), y (3) el inicio de la descentralización de la administración política de la sociedad. Como había previsto la Comuna de París, el Estado socialista se convertiría, al menos parcialmente, en una federación de comunas socialistas.
 
Sin lugar a dudas, en muchos aspectos, las comunas eran algo avanzado para su tiempo y la dialéctica entre la descentralización del poder de decisión y la centralización asumida por la omnipresencia del Partido Comunista no siempre funcionó sin problemas. Sin embargo, los resultados registrados están lejos de haber sido desastrosos, como nos quiere hacer creer la derecha. La comuna de la región de Beijing, que se resistió a la disolución del sistema, sigue registrando excelentes resultados económicos vinculados a la persistencia de debates políticos de alta calidad, que desaparecieron en otros lugares. Los proyectos actuales de "reconstrucción rural", implementado por las comunidades rurales de varias regiones de China, parecen estar inspirados en la experiencia de las comunas.
 
La decisión de disolver las comunas, tomada por Deng Xiaoping en 1980 reforzó la pequeña producción familiar, que ha sido la forma dominante durante las tres décadas siguientes. Sin embargo, la envergadura de los derechos de los usuarios (comunas rurales y unidades familiares) se ha ampliado considerablemente. Los titulares de los derechos de uso de la tierra pueden "alquilar" la tierra (pero nunca "venderla"), ya sea a otros pequeños productores, facilitando así la emigración a las ciudades, en especial de los jóvenes educados que no quieren permanecer en ámbitos rurales o a empresas organizadoras de una gran hacienda remodelada (nunca un latifundio, que no existe en China, aunque son considerablemente más grandes que las granjas familiares). Estas fórmulas son el medio utilizado para fomentar la producción especializada (como el vino de calidad, para el que China ha pedido la colaboración de expertos de Borgoña) o para probar nuevos métodos científicos (OGM y otros).
 
"Aprobar" o "rechazar" la diversidad de estos sistemas, a priori, no tiene sentido, en mi opinión. Una vez más, el análisis concreto de cada uno de ellos, tanto en el diseño como en la realidad de su aplicación, es imprescindible. El hecho es que la diversidad creativa de las formas de uso de la tierra ha llevado a resultados increíbles. En primer lugar, en términos de eficiencia económica, aunque la población urbana ha crecido del 20% al 50% de la población total, China ha logrado aumentar la producción agrícola para mantener el ritmo de las gigantescas necesidades de la urbanización. Es un resultado notable y excepcional, sin precedentes en los países del Sur "capitalista". Ha preservado y fortalecido su soberanía alimentaria, a pesar de partir de una desventaja importante: su agricultura alimenta al 22% de la población mundial razonablemente bien aunque sólo tiene el 6% de la tierra cultivable del mundo. Además, en cuanto a la forma (y el nivel) de la vida de las poblaciones rurales, los pueblos chinos ya no tienen nada que ver con lo que sigue siendo dominante en el resto del tercer mundo capitalista. Las estructuras permanentes, cómodas y bien equipadas, son un contraste llamativo, no sólo con la antigua China, del hambre y la pobreza extrema, sino también con las formas extremas de pobreza que todavía dominan el campo de la India o África.
 
Los principios y las políticas implementadas (la tierra poseída en común y el apoyo a la pequeña producción sin pequeña propiedad) son los responsables de estos resultados inigualables. Han hecho posible una migración rural-urbana relativamente controlada. Compárese con el camino capitalista, en Brasil, por ejemplo. La propiedad privada de la tierra agrícola ha vaciado el campo de Brasil y hoy sólo el 11% de la población del país es rural. Pero al menos el 50% de los residentes urbanos viven en barrios pobres (favelas) y sobreviven gracias a la "economía informal" (incluida la delincuencia organizada). En China no existen situaciones semejantes, la población urbana está, en su conjunto, adecuadamente empleada y alojada, incluso en comparación con muchos "países desarrollados", ¡sin mencionar a aquellos en los que el PIB per cápita es semejante al chino!
 
El traslado de la población desde un campo chino muy densamente poblado (sólo alcanza niveles semejantes en Vietnam, Bangladesh y Egipto) era esencial. Mejoró las condiciones de la pequeña producción rural, permitió contar con más suelo. Esta transferencia, aunque relativamente controlada (una vez más, nada es perfecto en la historia de la humanidad, ni en China ni en ningún otro sitio), esconde tal vez la amenaza de ser demasiado rápida. Es lo que se discute en China.
 
 
El capitalismo de Estado chino
 
La primera etiqueta que viene a la mente para describir la realidad china es el capitalismo de Estado. Muy bien, pero esta etiqueta sigue siendo vaga y superficial, si no analizamos el contenido específico.
 
De hecho, es capitalismo en el sentido de que la relación con la que se topan los trabajadores sometidos por las autoridades que organizan la producción es similar a la que caracteriza al capitalismo: el trabajo sumiso y alienado, la extracción del trabajo excedente. Existen formas brutales de explotación extrema de los trabajadores en China, como en las minas de carbón o en el vertiginoso ritmo de los talleres que emplean a mujeres. Es un escándalo para un país que afirma querer seguir adelante en el camino hacia el socialismo. Sin embargo, el establecimiento de un régimen de capitalismo de Estado es inevitable, y lo seguirá siendo en todas partes. Ni los países capitalistas desarrollados podrán entrar en un camino socialista (que no está en la agenda visible hoy en día) sin pasar a través de esta primera etapa. Se trata de la fase preliminar en el compromiso potencial de cualquier sociedad para liberarse del capitalismo histórico en el largo camino hacia el socialismo / comunismo. La socialización y la reorganización del sistema económico a todos los niveles, desde la empresa (la unidad primaria) hasta la nación y el mundo, requieren de una larga lucha durante un período de tiempo histórico que no puede ser acortado.
 
Más allá de esta reflexión preliminar, se debe describir concretamente el capitalismo de Estado en cuestión extrayendo la naturaleza y el proyecto del Estado, porque no hay un solo tipo de capitalismo de Estado, sino muchos diferentes. El capitalismo de Estado de Francia de la Quinta República desde 1958 hasta 1975 fue diseñado para servir y fortalecer los monopolios privados franceses, no para introducir al país en un camino socialista.
 
El capitalismo de estado chino fue construido para lograr tres objetivos: (i) construir un moderno sistema industrial integrado y soberano, (ii) gestionar la relación de este sistema con la pequeña producción rural, y (iii) controlar la integración de China en el sistema mundial, dominado por los monopolios de la tríada imperialista (Estados Unidos, Europa, Japón). La consecución de estos tres objetivos prioritarios es inevitable. En consecuencia, permite avanzar en el largo camino hacia el socialismo, pero, al mismo tiempo refuerza la tendencia a abandonar esa posibilidad en favor de la consecución del desarrollo capitalista, puro y simple. Hay que aceptar que este conflicto es inevitable y siempre presente. La pregunta, por tanto, es la siguiente: ¿Cuáles son las opciones concretas de China a favor de una de las dos vías?
 
El capitalismo de estado chino requiere, en su primera fase (1954-1980), la nacionalización de todas las empresas (junto a la nacionalización de las tierras agrícolas), grandes y pequeñas por igual. Luego sigue una apertura a la iniciativa privada, nacional y / o extranjera, y la liberalización de la pequeña producción rural y urbana (pequeñas empresas, comercio, servicios). Sin embargo, las grandes industrias básicas y el sistema de crédito que se establecieron en el período maoísta no se desnacionalizaron, aunque se han modificado las formas de organización de su integración en una economía de "mercado". Esta elección se acompañó del establecimiento de medios de control de la iniciativa privada y del potencial de asociación con capital extranjero. Queda por ver hasta qué punto estos medios cumplen con las funciones asignadas o, por el contrario, se han convertido en cáscaras vacías, y la connivencia con el capital privado (a través de la "corrupción" de la gestión) ha tomado la delantera. 
 
Lo que el capitalismo de Estado chino ha logrado entre 1950 y 2012 es sencillamente increíble. De hecho, tuvo éxito en la construcción de un sistema productivo moderno soberano e integrado en un país gigantesco, algo comparable sólo con los Estados Unidos. Ha logrado dejar atrás la dependencia tecnológica inicial (de la importación de modelos occidentales, o soviéticos) a través del desarrollo de su capacidad para producir descubrimientos tecnológicos. Sin embargo, no ha iniciado (¿todavía?)  la reorganización del trabajo desde la perspectiva de la socialización de la gestión económica. El Plan (y no a la "apertura") ha seguido siendo el medio fundamental para la aplicación de esta construcción sistemática.
 
En la fase maoísta de la planificación del desarrollo, el Plan se mantuvo imprescindible en todos los detalles: la naturaleza y la ubicación de las nuevas inversiones, los objetivos de producción y los precios. En esa etapa era posible, y no existía otra alternativa razonable. Mencionaré, sin profundizar más, el interesante debate mantenido en este período sobre si la ley del valor apuntala la planificación. El éxito (y no el fracaso) de esta primera fase requiere alterar los medios para llevar a cabor un proyecto de desarrollo acelerado. La "apertura" a la iniciativa privada, desde 1980, pero sobre todo desde 1990 era necesaria a fin de evitar el estancamiento, algo fatal para la URSS. A pesar de que esta apertura coincidió con el triunfo de la globalización neo-liberal (con todos los efectos negativos de esta coincidencia, a los que volveremos) la elección de un "socialismo de mercado", o mejor aún, de un "socialismo con mercado ", fue fundamental para esta segunda fase de desarrollo acelerado y en mi opinión está en gran medida justificado.
 
Los resultados de esta elección son, una vez más, sencillamente increíbles. En unas pocas décadas, China ha logrado una urbanización productiva, industrial, que reúne a 600 millones de seres humanos, dos tercios de los cuales se urbanizaron en las últimas dos décadas (¡casi igual que la población de Europa!). Se logró gracias al Plan y no al mercado. China ahora cuenta con un sistema productivo verdaderamente soberano. Ningún otro país del Sur (con excepción de Corea y Taiwan) ha tenido éxito en hacer esto. En la India y Brasil, sólo hay unos pocos elementos aislados de un proyecto soberano semejante, nada más.
 
Los métodos para el diseño y la ejecución del Plan se han transformado en estas nuevas condiciones. El Plan sigue siendo obligatorio para las grandes inversiones de infraestructuras que requiere el proyecto: viviendas para 400 millones de nuevos habitantes urbanos en condiciones adecuadas, la construcción de una red sin igual de autopistas, carreteras, vías férreas, presas y plantas de energía eléctrica, para abrir todo o casi todo el campo chino, y para la transferencia del centro de gravedad del desarrollo de las regiones costeras al oeste continental. El Plan también sigue siendo imprescindible, al menos en parte, para los objetivos y los recursos financieros de las empresas públicas (del Estado, provincias y municipios). En cuanto al resto, apunta posibles y probables objetivos para la expansión de la pequeña producción mercantil urbana, así como la expansión de actividades industriales. Estos objetivos se toman en serio y se especifican los recursos políticos y económicos necesarios para su realización. En general, los resultados no son muy diferentes de las predicciones "planificadas".
 
El capitalismo de Estado chino ha integrado en su proyecto el desarrollo de una dimensión social visible (no digo "socialista"). Estos objetivos ya estaban presentes en la era maoísta: la erradicación del analfabetismo, la atención básica de salud para todos, etc... En la primera parte de la fase post-maoísta (los años 1990), la tendencia fue, sin duda, la de descuidar la búsqueda de estos esfuerzos. Sin embargo, cabe señalar que desde entonces la dimensión social del proyecto ha recuperado su lugar y, en respuesta a los movimientos sociales activos y poderosos, se espera que siga progresando. La nueva urbanización no tiene paralelo en ningún otro país del Sur. Es cierto que hay barrios "chic" y otros que no son nada opulentos, pero no hay barriadas pobres, que en el resto de las ciudades del tercer mundo se han seguido ampliando.
 
 
La integración de China en la globalización capitalista
 
No podemos continuar el análisis del capitalismo de Estado chino (denominado "socialismo de mercado" por el gobierno) sin tener en cuenta su integración en la globalización.
 
El mundo soviético había previsto una desconexión del sistema capitalista mundial, complementando esa desconexión mediante la construcción de un sistema socialista integrado que abarcaba la URSS y Europa del Este. La URSS logró esta desvinculación, en gran medida impuesta por la hostilidad de Occidente, incluso culpando al bloqueo de su aislamiento. Sin embargo, el proyecto de integración de Europa del Este no avanzó mucho, a pesar de las iniciativas del COMECOM. Las naciones de Europa del Este se quedaron en posiciones inciertas y vulnerables, y a partir de 1970 parcialmente desvinculadas, sobre unas bases estrictamente nacionales y abiertas parcialmente a Europa Occidental. Nunca hubo una integración URSS-China, no sólo porque el nacionalismo chino no la habría aceptado, pero aún más porque las tareas prioritarias de China no lo requerían. La China maoísta se desvinculó a su manera. ¿Hay que decir que, mediante la reintegración en la globalización a partir de la década de 1990, ha renunciado plena y definitivamente a esta desvinculación?
China entró en la globalización en los años 1990 mediante la senda del desarrollo acelerado de las exportaciones de manufacturas, posibles para su sistema productivo, dando prioridad a las exportaciones cuyas tasas de crecimiento superaban al crecimiento del PIB. El triunfo del neoliberalismo, favoreció el éxito de esta opción durante quince años (1990-2005). La búsqueda de esta elección es cuestionable, no sólo por sus efectos políticos y sociales, sino también porque se ve amenazada por la implosión del capitalismo globalizado neoliberal, que comenzó en 2007. El gobierno chino parece ser consciente de ello y comenzó muy pronto a intentar una corrección dando mayor importancia al mercado interno y al desarrollo del oeste de China.
 
Decir, como se oye hasta la saciedad, que el éxito de China se debe atribuir al abandono del maoísmo (cuyo "fracaso" era obvio), a la apertura al exterior y la entrada de capital extranjero es, sencillamente, una idiotez. La construcción maoísta puso en marcha la base sin la cual la apertura no hubiera logrado el éxito que ha logrado. La comparación con la India, que no ha hecho una revolución semejante, lo demuestra. Decir que el éxito de China se debe principalmente (incluso "completamente") a las iniciativas de capital extranjero el igualmente ridículo. El capital multinacional no construyó el sistema industrial de China ni ha logrado la urbanización y la construcción de infraestructuras. El éxito es en el 90% atribuible al proyecto chino soberano. Sin duda, la apertura al capital extranjero ha cumplido funciones útiles: ha incrementado la importación de tecnologías modernas. Pero, debido a sus métodos de asociación, China absorbió estas tecnologías y ahora domina su desarrollo. No existe una situación parecida en ningún otro sitio, ni en la India o Brasil, ni en Tailandia, Malasia, Sudáfrica u otros lugares.
 
La integración de China en la globalización se ha mantenido, además, parcial y controlada (o al menos controlable, si se quiere decirlo así). China se ha mantenido al margen de la globalización financiera. Su sistema bancario es enteramente nacional y se centra en el mercado de crédito interno del país. La gestión del yuan sigue siendo materia de toma de decisiones soberanas de China. El yuan no está sujeto a los vaivenes de las bolsas flexibles que la globalización financiera impone. Beijing puede decirle a Washington que "el yuan es nuestro dinero y vuestro problema", al igual que Washington dijo a los europeos en 1971, "el dólar es nuestra moneda y vuestro problema." Por otra parte, China mantiene una gran reserva para el despliegue de su sistema público de crédito. La deuda pública es insignificante en comparación con las tasas de endeudamiento (consideradas intolerables) de los Estados Unidos, Europa, Japón, y muchos de los países del Sur. De este modo China puede aumentar la expansión de los gastos públicos sin grave peligro de la inflación.
 
La atracción de capital extranjero hacia China, de la que se ha beneficiado, no está detrás del éxito de su proyecto. Por el contrario, es el éxito del proyecto lo que ha hecho que la inversión en China sea atractiva para las transnacionales occidentales. Los países del Sur, que abrieron sus puertas mucho más que China y aceptaron sin condiciones la globalización financiera no se han convertido en atractivos en el mismo grado. El capital transnacional no se siente atraído por China para saquear los recursos naturales del país, ni tampoco para deslocalizar y beneficiarse de los bajos salarios de mano de obra, sin ningún tipo de transferencia de tecnología, ni para aprovechar las ventajas de la formación y la integración de las unidades deslocalizadas en un inexistente sistema nacional productivo, como en Marruecos y Túnez, ni siquiera para crear una red financiera y permitir que los bancos imperialistas se hagan con los ahorros nacionales, como sucedió en México, Argentina y el sudeste de Asia. En China, por el contrario, ciertamente las inversiones extranjeras pueden beneficiarse de los bajos salarios y logar buenas ganancias, a condición de que sus planes convengan a China y permitan la transferencia de tecnología. En suma, se trata de ganancias "normales", ¡más si la connivencia con las autoridades chinas lo permite!
 
 
China, potencia emergente
 
No cabe duda de que China es una potencia emergente. Una idea muy presente es que China sólo intenta recuperar el lugar que ocupó durante siglos y que perdió en el siglo XIX. Sin embargo, esta idea (sin duda correcta, y favorecedora, por otra parte), no nos ayuda mucho en la comprensión de la naturaleza de la emergencia y sus posibilidades reales en el mundo contemporáneo. Por cierto, aquellos que propagan esta idea general y vaga no tienen interés en considerar si China va a replegarse a los principios generales del capitalismo (que ellos creen necesario) o si va a tomar en serio su proyecto de "socialismo con características chinas". Por mi parte, sostengo que si China es de hecho un poder emergente, esto es precisamente porque no ha elegido el camino de desarrollo capitalista puro y simple, y que, en consecuencia, si decidiera seguir ese camino capitalista, el propio proyecto de la emergencia china estaría en grave peligro de fracasar.
 
La tesis que yo apoyo implica rechazar la idea de que los pueblos no pueden saltarse la secuencia necesaria de etapas y que China debe pasar por un desarrollo capitalista antes de considerar la cuestión de su posible futuro socialista. El debate sobre esta cuestión entre las diferentes corrientes del marxismo histórico nunca se concluyó. Marx se mantuvo indeciso sobre esta cuestión. Sabemos que después de los primeros ataques europeos (las Guerras del Opio), escribió: la próxima vez que envieis vuestros ejércitos a China serán recibidos por una pancarta: "Atención, se encuentran en las fronteras de la República burguesa de China." Esta magnífica intuición muestra la confianza en la capacidad del pueblo chino para responder al desafío, pero al mismo tiempo, es un error porque, de hecho, la pancarta dice: "Se encuentra en las fronteras de la República Popular de China." Sin embargo, sabemos que, en relación a Rusia, Marx no rechazó la idea de saltarse la etapa capitalista (leáse su correspondencia con Vera Zasulich). Hoy en día, podríamos creer que el primer Marx tenía razón y que China ha escogido el camino hacia el desarrollo capitalista.
 
Pero Mao entendió – mejor incluso que Lenin -  que el camino capitalista no conduciría a nada y que la resurrección de China sólo podía ser obra de los comunistas. Los emperadores Qing a finales del siglo XIX, seguidos por Sun Yat Sen y el Guomindang, ya habían planeado una resurrección de China en respuesta al desafío de Occidente. Sin embargo, no imaginaban ninguna otra manera que la del capitalismo y no tenían los medios intelectuales para comprender lo que el capitalismo supone en realidad y por qué este camino se cerró para China, y para todas las periferias del sistema mundial capitalista. Mao, un espíritu marxista independiente, lo entendió. Más que eso, Mao cree que esta batalla no estaba definitivamente ganada por la victoria de 1949, y que el conflicto entre el compromiso con el largo camino hacia el socialismo, la condición para el renacimiento de China, y el volver al redil capitalista ocuparía la totalidad visible del futuro.
 
Personalmente, siempre he compartido el análisis de Mao y volveré a este tema en algunos de mis pensamientos sobre el papel de la Revolución Taiping (que considero es el origen lejano del maoísmo), la revolución de 1911 en China, y otras revoluciones en el Sur a principios del siglo XX, los debates en el inicio del período de Bandung y el análisis de los callejones sin salida en el que están atrapados los llamados países emergentes del Sur comprometidos con el camino capitalista. Todas estas consideraciones son el corolario de mi tesis central sobre la polarización (es decir, la construcción del contraste centro / periferia) inmanente al desarrollo histórico mundial del capitalismo. Esta polarización elimina la posibilidad de que un país de la periferia pueda "ponerse al día" en el contexto del capitalismo. Debemos sacar la conclusión: si "alcanzar" a los países opulentos es imposible, se debe hacer algo más: se llama seguir el camino socialista.
 
China no ha seguido un camino particular sólo desde 1980, sino desde 1950, aunque este camino ha pasado a través de fases que son diferentes en muchos aspectos. China ha desarrollado un proyecto coherente y soberano que es apropiado para sus propias necesidades. Ese proyecto ciertamente no es el capitalismo, cuya lógica exige que las tierras agrícolas se traten como una mercancía. Este proyecto sigue siendo soberano en la medida en que China se queda fuera de la globalización económica contemporánea.
 
El hecho de que el proyecto chino no sea capitalista, no significa que "sea" socialista, sólo hace que sea posible avanzar en el largo camino hacia el socialismo. No obstante, también sigue amenazado con una deriva que se salga de ese camino y termine con un retorno puro y simple al capitalismo.
El exitoso surgimiento de China consecuencia única de este proyecto soberano. En este sentido, China es el único país auténticamente emergente (junto con Corea y Taiwán, sobre quienes hablaremos más adelante). Ninguno de los numerosos países a los que el Banco Mundial ha certificado como emergentes lo es realmente debido a que ninguno de estos países está llevando a cabo constantemente un proyecto soberano coherente. Todos suscriben los principios fundamentales del capitalismo puro y duro, incluso en sectores potenciales de su capitalismo de Estado. Todos han aceptado la sumisión a la globalización contemporánea en todas sus dimensiones, incluida la financiera. Rusia y la India son excepciones parciales a este último punto, pero no Brasil, África del Sur, entre otros. A veces hay elementos de una "política de la industria nacional", pero nada comparable con el proyecto chino sistemático de construcción de un sistema industrial completo, integrado y soberano (en particular en el área de especialización tecnológica).
 
Por estas razones, todos estos otros países, caracterizados demasiado rápido como emergentes, siguen siendo vulnerables en diversos grados, pero siempre mucho más que China. Por todas estas razones, las apariencias de emergencia (respetables tasas de crecimiento, capacidad de exportación de productos manufacturados) siempre están vinculados a los procesos de pauperización que afectan a la mayoría de su población (especialmente a los campesinos), lo que no sucede en China. Ciertamente, el aumento de la desigualdad es evidente en todas partes, incluyendo a China, pero esta observación es superficial y engañosa. La desigualdad en la distribución de los beneficios de un modelo de crecimiento que sin embargo no excluye a nadie (e incluso se acompaña con una reducción de las bolsas de pobreza, como sucede en China) es una cosa, la desigualdad proveniente de crecimiento que sólo beneficia a un sector minoritario (desde el 5% al 30% de la población, según el caso), mientras que el destino de los otros sigue siendo desesperante, es otra. Quienes practican los ataques a China no son conscientes (o pretenden no serlo) de esta diferencia decisiva. La desigualdad que resulta de la existencia de barrios con casas de lujo, por un lado, y barrios con viviendas confortables para la clase media y trabajadora, por el otro, no es la misma que la desigualdad que se manifiesta en la yuxtaposición de los barrios ricos, viviendas para la clase media, y los favelas para la mayoría. Los coeficientes de Gini son valiosos para la medición de los cambios de un año a otro en un sistema con una estructura fija. Sin embargo, en las comparativas internacionales entre sistemas con diferentes estructuras, pierden su significado, al igual que todas las demás magnitudes macroeconómicas de las cuentas nacionales. Los países emergentes (excepto China) son realmente "mercados emergentes", abiertos a la penetración de los monopolios de la tríada imperialista. Estos mercados permiten que extraigan, en su beneficio, una parte considerable de la plusvalía producida en el país en cuestión. China es diferente: es una nación emergente en la que el sistema hace posible quedarse con la mayoría del valor excedente allí producida.
 
Corea y Taiwán son los dos únicos ejemplos de éxito de países auténticamente emergéntes en y através del capitalismo. Estos dos países deben su éxito a las razones geoestratégicas que llevaron a los Estados Unidos a que les permita lograr lo que Washington prohíbe en otros sitios. El contraste entre el apoyo de los Estados Unidos al capitalismo de Estado de estos dos países y la oposición extremadamente violenta al capitalismo de Estado en el Egipto de Nasser o la Argelia de Boumedienne es, muy esclarecedor.
 
No voy a discutir aquí los posibles proyectos de emergencia, que parecen muy posibles en Vietnam y Cuba, o las condiciones de una posible reanudación de los avances en esa dirección en Rusia. Tampoco voy a hablar sobre los objetivos estratégicos de la lucha de las fuerzas progresistas en el Sur capitalista, en partes de la India, del sudeste asiático, América Latina, el mundo árabe y África, que podrían facilitar ir más allá del impasse actuales y fomentar la aparición de proyectos soberanos que inicien una verdadera ruptura con la lógica del capitalismo dominante.
 
 
Grandes Éxitos, Nuevos Desafíos
 
China no sólo ha llegado a una encrucijada, sino que ha estado en ella cada día desde 1950. Las fuerzas sociales y políticas de derechas e izquierdas, activas en la sociedad y el partido, siempre se han enfrentado.
 
¿De dónde viene la derecha China? Ciertamente, las antiguas burguesías compradora y burocrática del Kuomintang fueron excluidas del poder. Sin embargo, en el transcurso de la guerra de liberación, segmentos enteros de la clase media, profesionales, funcionarios y empresarios, decepcionados por la ineficacia del Guomindang frente a la agresión japonesa, se acercaron al Partido Comunista, incluso se unieron al mismo. Muchos de ellos, (pero ciertamente no todos) siguieron siendo tan sólo nacionalistas, nada más. Posteriormente, a partir de 1990 con la apertura a la iniciativa privada, aparece una nueva y poderosa derecha. No debe reducirse simplemente a "empresarios" con éxito y grandes (a veces colosales) fortunas, fortalecidas por su clientela, incluyendo a funcionarios del Estado y del partido, que mezclan el control con la connivencia con, e incluso con la corrupción.
 
Este éxito, como siempre, alienta el apoyo a las ideas de derecha en las clases medias educadas en expansión. Es en este sentido la creciente desigualdad, incluso si no tiene nada que ver con la desigualdad característica de otros países del Sur, es un gran peligro político, el vehículo para la difusión de las ideas de derechas, la despolitización y las ilusiones ingenuas.
 
Aquí voy a hacer una observación adicional que creo que es importante: la pequeña producción, sobre todo campesina, no están motivada por ideas de derechas, como pensaba Lenin (lo que sí era exacto en las condiciones de Rusia). La situación de China contrasta aquí con la de la ex-URSS. El campesinado chino, en su conjunto, no es reaccionario, ya que no está defendiendo el principio de propiedad privada, en contraste con el campesinado soviético, al que los comunistas no lograron alejar del apoyo a los kulaks en defensa de la propiedad privada. Por el contrario, el campesinado chino de pequeños productores (sin ser pequeños propietarios) es, actualmente, una clase que no ofrece soluciones de derechas, sino que es parte del campo de quienes agitan para la adopción de políticas sociales y ecológicas más valientes. El poderoso movimiento de "renovación de la sociedad rural" es una muestra. El campesinado chino se encuentra en gran medida en el campo de la izquierda, junto a la clase obrera. La izquierda tiene sus intelectuales orgánicos y ejerce cierta influencia en los aparatos del Estado y del partido.

El conflicto perpetuo entre la derecha y la izquierda en China siempre se ha reflejado en las sucesivas líneas políticas implementadas por el liderazgo del Estado y del partido. En la era maoísta, la línea de izquierdas no prevaleció sin luchar. Constatando el progreso de las ideas de derecha dentro del partido y de su dirección, un poco siguiendo el modelo soviético, Mao desencadenó la Revolución Cultural para combatirlo. "Bombardear el cuartel genearl", es decir, la dirección del Partido, donde se estaba formando la "nueva burguesía". Sin embargo, mientras la Revolución Cultural de Mao cumplió con las expectativas durante los dos primeros años de su existencia, posteriormente derivó en la anarquía, vinculada a la pérdida de control por parte de Mao y la izquierda en el partido sobre la secuencia de los acontecimientos. Esta desviación llevó al Estado y el partido a tomar las cosas en sus manos de nuevo, lo que dio a la derecha su oportunidad. Desde entonces, la derecha ha mantenido una parte importante de todos los órganos de dirección. Sin embargo, la izquierda está presente en el terreno, lo que restringe a la dirección suprema a compromisos de "centro”, de centro derecha o de centro izquierda?
 
Para comprender la naturaleza de los desafíos que enfrenta China hoy en día, es esencial entender que el conflicto entre el proyecto soberano de China, tal y como es, y el imperialismo norteamericano y sus aliados europeos y japoneses subalternos aumentará en intensidad en la medida que China continúe con su éxito. Hay varias zonas de conflicto: el manejo de China de tecnologías modernas, el acceso a los recursos del planeta, el fortalecimiento de las capacidades militares de China, y la búsqueda de la reconstrucción de la política internacional sobre la base de los derechos soberanos de los pueblos a elegir su propio sistema político y sistema económico. Cada uno de estos objetivos entra en conflicto directo con los objetivos perseguidos por la tríada imperialista.
 
El objetivo de la estrategia política de EE.UU. es el control militar del planeta, la única manera con la que Washington puede mantener las ventajas que le dan la hegemonía. Este objetivo se persigue a través de guerras preventivas en el Medio Oriente, y en este sentido, estas guerras son los preliminares a la guerra (nuclear) preventiva contra China, prevista a sangre fría, por el establishment norteamericano como algo posiblemente necesario "antes de que es demasiado tarde”. Fomentar la hostilidad hacia China es algo inseparable de esta estrategia global, que se manifiesta en el apoyo mostrado a esclavistas del Tibet y Sinkiang, el refuerzo a la presencia naval de EE.UU. en el Mar de China, y el impulso incansable a Japón para la construcción de sus fuerzas militares. Quienes promueven los ataques a China contribuyen a mantener viva esta hostilidad.
 
Al mismo tiempo, Washington se dedica a la manipulación de la situación conteniendo las posibles ambiciones de China y otros países llamados emergentes a través de la creación del G-20, que tiene por objeto crear en estos países la ilusión de que su adhesión a la globalización liberal serviría a sus intereses. El G2 (Estados Unidos / China) es, en este sentido, una trampa para lograr que China sea cómplice de las aventuras imperialistas de los Estados Unidos, y puede provocar que la política exterior pacífica de Pekín pierda toda su credibilidad.
 
La única respuesta posible eficaz a esta estrategia debe proceder a dos niveles: (i) fortalecer las fuerzas militares de China y dotarlas de la posibilidad de una respuesta disuasoria, y (ii) proseguir tenazmente el objetivo de la reconstrucción de un sistema político internacional policéntrico, respetuoso con todas las soberanías nacionales, y, en este sentido, impulsar la rehabilitación de las Naciones Unidas, ahora marginada por la OTAN. Hago hincapié en la importancia decisiva de este último objetivo, que implica la prioridad de reconstrucción de un "frente del sur" (¿Bandung 2?) capaz de apoyar las iniciativas independientes de los pueblos y Estados del Sur. Esto implica, a su vez, que China se dé cuenta que no tiene la posibilidad absurda de alinearse con las prácticas depredadoras del imperialismo (el saqueo de los recursos naturales del planeta), ya que carece de un poder militar similar al de Estados Unidos, que en última instancia es la garantía de éxito para los proyectos imperialistas. China, en cambio, tiene mucho que ganar con el desarrollo de su oferta de apoyo a la industrialización de los países del Sur, que el club de los "donantes" imperialistas está tratando de hacer imposible.
 
El lenguaje utilizado por las autoridades chinas en las cuestiones internacionales, restringido al extremo (algo comprensible), hace que sea difícil saber hasta qué punto los líderes del país son conscientes de los desafíos analizados anteriormente. Más seriamente, esta elección de palabras refuerza las ilusiones ingenuas y la despolitización en la opinión pública.
 
La otra parte del problema se refiere a la cuestión de la democratización de la gestión política y social del país.
 
Mao formuló y puso en práctica un principio general para la gestión política de la nueva China que se resume en estos términos: reunir a la izquierda, neutralizar (añado: y no eliminar) a la derecha, gobernar desde el centro izquierda. En mi opinión, esta es la mejor manera de concebir una manera eficaz para avanzar a través de avances sucesivos, entendidos y apoyados por la gran mayoría. De esta manera, Mao dio un contenido positivo al concepto de democratización de la sociedad junto con el progreso social en el largo camino hacia el socialismo. Formuló el método para la aplicación de esta: "la línea de masas" (bajar hacia las masas, aprender de sus luchas, y subir nuevamente a las cumbres del poder). Lin Chun ha analizado con precisión el método y los resultados que hace posible.
 
La cuestión de la democratización relacionada con el progreso social, en contraste con la "democracia" desconectado del progreso social (conectada a menudo con la regresión social), no atañe a China por sí sola, sino a todos los pueblos del mundo. Los métodos que se deben implementar para lograr el éxito no se pueden resumir en una sola fórmula, válida para todo tiempo y lugar. En cualquier caso, la fórmula que ofrecen los medios de propaganda occidentales (múltiples partidos y elecciones) debería sencillamente ser rechazada. Más aún este tipo de "democracia" se convierte en farsa, incluso en Occidente más que en otros lugares. La "línea de masas" era el medio para producir un consenso sobre los objetivos sucesivos, en constante progreso, estratégicos. Esto está en contraste con el "consenso" obtenido en los países occidentales a través de la manipulación mediática y la farsa electoral, que no es más que la alineación con los requisitos del capital.
 
Sin embargo, hoy en día, ¿cómo debería reconstruir China el equivalente a una nueva línea de masas en las nuevas condiciones sociales? No va a ser fácil, porque el poder de la dirección, que se ha trasladado sobre todo a la derecha en el Partido Comunista, basa la estabilidad de su gestión en la despolitización y las ilusiones ingenuas que le acompañan. El éxito de las políticas de desarrollo refuerza la tendencia espontánea a moverse en esa dirección. Se cree ampliamente en China, en las clases medias, que el camino real de alcanzar el modo de vida de los países opulentos ya está abierto, libre de obstáculos, se cree que los estados de la tríada (Estados Unidos, Europa, Japón) no se oponen a ello, incluso los métodos de Estados Unidos son admirados acríticamente, etc... Esto es particularmente cierto en las clases medias urbanas, que se están expandiendo rápidamente y cuyas condiciones de vida han mejorado mucho. El lavado de cerebro al que los estudiantes chinos son sometidos en los Estados Unidos, particularmente en las ciencias sociales, junto con el rechazo que general la enseñanza oficial falta de imaginación y tediosa del marxismo, han contribuido a reducir los espacios para los debates críticos radicales.
 
El gobierno de China no es insensible a la cuestión social, no sólo por la tradición de un discurso basado en el marxismo, sino también por el pueblo chino, que aprendió a luchar y sigue haciéndolo, hasta doblar la mano del gobierno. Si en la década de 1990, esta dimensión social había disminuido ante las prioridades inmediatas de acelerar el crecimiento, en la actualidad la tendencia se invierte. En el mismo momento en que las conquistas socialdemócratas de la seguridad social se están erosionando en el Occidente opulento, la pobre China está llevando a cabo la ampliación de la seguridad social en tres dimensiones: salud, vivienda y pensiones. La política de vivienda popular de China, vilipendiada por la derecha y la izquierda europeas, sería envidiada, no sólo en la India o Brasil, ¡sino también en los barrios periféricos de París, Londres o Chicago!
 
La seguridad social y el sistema de pensiones ya cubren al 50% de la población urbana (¡que ha aumentado, recordemos, entre 200 y 600 millones de habitantes!) y el Plan (que sigue aplicándose en China) prevé el aumento de la población con cobertura al 85% en el próximo año. Dejemos que los periodistas de los “ataques a China” nos den ejemplos comparables en los "países que se embarcaron en la vía democrática", que continuamente alaban. Sin embargo, el debate sigue abierto acerca de los métodos para aplicar el sistema. La izquierda aboga por el sistema francés de distribución basadoen el principio de solidaridad entre los trabajadores y las diferentes generaciones - que prepara el socialismo por venir- mientras que la derecha, obviamente, prefiere el odioso sistema de EE.UU. de fondos de pensiones, que divide a los trabajadores y transferencias los riesgo del capital al trabajo.
 
Sin embargo, la adquisición de las prestaciones sociales es insuficiente si no se combina con la democratización de la gestión política de la sociedad, con su repolitización por métodos que fortalezcan la invención creativa de formas para el futuro socialista/comunista.
 
Seguir los principios de un sistema electoral pluripartidista como es abogado ad nauseam por los medios de comunicación occidentales y los profesionales de los ataques a China, y defendido por "disidentes" que se presentan como auténticos "demócratas" no cumple con el desafío. Al contrario, la aplicación de estos principios sólo podría producir en China, ya que todas las experiencias del mundo contemporáneo lo demuestran (en Rusia, Europa del Este, el mundo árabe), la autodestrucción del proyecto de emergencia social y renacimiento, que es, de hecho, el objetivo real de la defensa de estos principios, enmascarada por una retórica vacía ("no hay otra solución que las elecciones multipartidistas"). Sin embargo para contrarrestar esta mala solución no es suficiente el retorno a la posición rígida de defender el privilegio del partido, en sí esclerotizado y transformado en una institución dedicada a la contratación de funcionarios para la administración del Estado. Algo nuevo debe inventarse.
 
Los objetivos de re-politización y la creación de condiciones favorables a la invención de nuevas respuestas no se pueden obtener a través de campañas de "propaganda". Sólo pueden ser promovidas a través de las luchas sociales, políticas e ideológicas. Esto implica el reconocimiento previo de la legitimidad de las luchas y de la legislación sobre la base de los derechos colectivos de organización, expresión, y proponer iniciativas legislativas. Esto implica, a su vez, que el propio partido esté involucrado en estas luchas, es decir, reinventar la fórmula maoísta de la línea de masas. La re-politización no tiene sentido si no se combina con los procedimientos que fomenten la conquista gradual de la responsabilidad de los trabajadores en la gestión de su sociedad a todos los niveles: de empresa, local y nacional. Un programa de este tipo no excluye el reconocimiento de los derechos individuales. Por el contrario, supone su institucionalización. Su aplicación permitiría reinventar nuevas formas de utilizar las elecciones para elegir a los dirigentes.
 
Samir Amin
Original: Montlhly Review
Marzo 2013
Traducción: Asociación Cultural Jaime Lago
 
 
Agradecimientos
Este trabajo debe mucho a los debates organizados en China (noviembre-diciembre de 2012) por Lau Kin Chi (Universidad Linjang, Hong Kong), en asociación con la Universidad Suroeste de Chongqing (Wen Tiejun), Renmin y Universidades Xinhua de Beijing (Dai Jinhua, Wang Hui), la CASS (Huang Ping) y a las reuniones con grupos de activistas del movimiento rural en las provincias de Shanxi, Shaanxi, Hubei, Hunan y Chongqing. Dirijo a todos ellos mi agradecimiento y espero que este artículo sea de utilidad para sus deliberaciones en curso. También le debe mucho a la lectura de los escritos de Wen Tiejun y Wang Hui.
 
Notas
 
1. El “China bashing” o ataques a China se refiere al deporte favorito de los medios de comunicación occidentales de todas las tendencias, incluyendo, por desgracia, de izquierdas que consiste en denigrar sistemáticamente, incluso criminalizar, todo lo hecho en China. China, exporta chatarra barata a los mercados pobres del tercer mundo (esto es cierto), un crimen horrible. Sin embargo, también produce trenes de alta velocidad, aviones, satélites, cuya maravillosa tecnológica de calidad es elogiada en Occidente, pero es a lo que China no debería tener derecho. Parecen pensar que la construcción masiva de viviendas para la clase obrera no es más que el abandono de los trabajadores a barrios pobres y comparan la "desigualdad" en China (las casas de la clase trabajadora no son urbanizaciones de lujo) a la de la India (urbanizaciones de lujo junto a barrios marginales), etc... Los “China bashers” halaga a la opinión infantil que se encuentra en algunas corrientes de la "izquierda" occidental: ¡si no es el comunismo del siglo XXIII, es una traición! Los ataques a China participan en la campaña sistemática de mantener la hostilidad hacia China, en vista de un posible ataque militar. Esto no es más que una cuestión de destruir las posibilidades de una auténtica emergencia de un gran pueblo del sur.
 
Fuentes
  • El camino de China y la cuestión agraria
  • Karl Kautsky, sobre la cuestión agraria, 2 vols. (Londres: Zwan Publications, 1988). Publicado originalmente el 1899.
  • Samir Amin, "La Comuna de París y la Revolución de Taiping," Pensamiento Crítico Internacional, de próxima publicación en 2013.
  • Samir Amin, "La Revolución de 1911 en una perspectiva histórica mundial: una comparación con la restauración Meiji y las revoluciones en México, Turquía y Egipto", publicado en chino en 1990.
  • Samir Amin, acabar con la crisis del capitalismo o terminar con el capitalismo? (Oxford: Pambazuka Press, 2011), capítulo 5, "La cuestión agraria."
  • La globalización contemporánea, el desafío imperialista
  • Samir Amin, A Life Looking Forward: Memorias de un marxista Independent (Londres: Zed Books, 2006). "El despliegue y la erosión del Proyecto Bandung", en el capítulo 7,
  • Samir Amin, la ley del valor en todo el mundo (Nueva York: Monthly Review Press, 2010), "Las iniciativas del Sur", 121ff, sección 4.
  • Samir Amin, la implosión del capitalismo contemporáneo (New York: Monthly Review Press, de próxima publicación en 2013), en el capítulo 2, "El Sur: Surgimiento y lumpendesarrollo."
  • Samir Amin, Más allá de la hegemonía de EE.UU. (London: Zed Books, 2006). "El proyecto de la American Ruling Class", "China, el socialismo de mercado?", "Rusia, fuera del túnel?", "India, una gran potencia?" Y "multipolaridad en el siglo 20."
  • Samir Amin, Capitalismo Obsoleta (London: Zed Books, 2003), capítulo 5, "La Militarización del nuevo imperialismo colectivo".
  • André Gunder Frank, reoriente: Economía Global en la Era Asiática (Berkeley: University of California Press, 1998).
  • Yash Tandon, Ending Aid Dependence (Oxford: Fahamu, 2008).
  • El desafío democrático
  • Samir Amin, "El fraude de la Alternativa Democrática y universalista," Monthly Review 63, no. 5 (octubre de 2011): 29-45.
  • Lin Chun, La transformación del socialismo chino (Durham, NC: Duke University Press, 1996).

Fuente: Asociación cultural Jaime Lago.