14 enero 2016

El marxismo revolucionario y el debate sobre el poder.


A propósito de la futura reedición de "Poder burgués y poder revolucionario", de Mario Roberto Santucho.

Nestor Kohan

Un fantasma, todavía sin cuerpo, asoma la cabeza 

La actualidad del pensamiento político de Mario Roberto Santucho [1936-1976] impacta, sorprende, descoloca. En la Argentina del siglo XXI, más de tres décadas después de la dictadura militar que lo asesinó (desapareciendo su cuerpo) junto con 30.000 compañeros y compañeras, el fantasma de Santucho reaparece por doquier. ¿Qué está sucediendo? ¿Por qué atrae?

Hoy en día infinidad de libros y de películas (entre las que se destaca la inigualable Gaviotas Blindadas) intentan repensar y debatir la estrategia política de la insurgencia guevarista del PRT-ERP y en particular el pensamiento político de su máximo dirigente.

A pesar de que todo el mundo está alertado sobre la estricta vigilancia y el escandaloso control de la inteligencia norteamericana, en el facebook y en otras redes sociales miles de jóvenes, en lugar de poner una fotografía suya o de su novio o novia, eligen como “perfil” la cara de Santucho. ¿La juventud se volvió loca?

Recientemente, en medio de esa “inexplicable” y creciente admiración popular, uno de los máximos exponentes del nuevo folclore argentino, Peteco Carvajal, le dedicó la chacarera “Guerrillero santiagueño”, que contiene ese estribillo tan hermoso “Amor revolucionario / pasión que no se detiene / la mística, la bandera y la lucha regresan siempre”.

Pero no todo se limita a la galaxia de la comunicación, la música y las contraculturas juveniles. En las movilizaciones callejeras muchos grupos políticos de las izquierdas más diversas, principalmente integrados por jóvenes, eligen identificarse poniendo en las pancartas su rostro. La bandera del Ejército Revolucionario del Pueblo (1) hoy identifica a innumerables organizaciones políticas populares, piqueteras o estudiantiles. No hay marcha social, política, sindical o estudiantil donde no pase alguien entregando un volante con las demandas más heterogéneas acompañadas... por el rostro de Santucho. ¿Vivimos una alucinación colectiva? Creemos que no. Ese inesperado resurgimiento expresa varias cosas. 

En primer lugar, las frustraciones y las promesas incumplidas de 30 años de sistema electoral parlamentario (que no significa democracia y pluralismo, sino más bien todo lo contrario) donde el marketing, el dinero y las operaciones de imágenes mediáticas han pretendido manipular, tergiversar, fagocitar, aplastar y enterrar definitivamente la lucha por cambiar el país, el continente y el mundo.

En segundo lugar, la sed imperiosa y la necesidad de crear una opción política (al mismo tiempo cultural) distinta y enfrentada —antagónica— con el bipartidismo tradicional: ayer peronismo-radicalismo; luego reciclado como PJ-oposición liberal republicana. Una estructura arquitectónica político-institucional de partido único (del mercado), sostenida con la alternancia de diversas administraciones que disputan y pelean cargos compartiendo un subsuelo común, la dominación indiscutida y por nadie cuestionada del capital monopólico multinacional junto con las grandes firmas, bancos y empresas “locales”. Lo llaman de diversas maneras: “capitalismo en serio”, “capitalismo ético”, “capitalismo nacional”, “república de iguales”, etc., etc. Distintas variantes de lo mismo, el reino despótico, absoluto y totalitario del mercado sobre el conjunto de la sociedad. Un muro que nadie imagina cruzar, saltar y menos que nada enfrentar, derrocar o tumbar.

En tercer lugar, dicho resurgimiento expresa la necesidad vital de vincularse con la política de otra manera, a partir de proyectos colectivos, de ideales a largo plazo y de una causa social que supere la inmediatez mediocre del día a día, única manera de volver a insuflar pasión —al punto de asumir el riesgo de jugarse la vida— por algo más que el ombligo propio, tres billetes mugrientos y a lo sumo, un “carguito” rentado haciendo “carrera política”.

En cuanto lugar, esta atracción que reinstala el recuerdo, las imágenes, la iconografía y la reconstrucción de la historia de la insurgencia guevarista está asociada a la necesidad de un proyecto político donde la juventud se asuma como sujeto y protagonista, no como “base de maniobra” (lo que ha sucedido desde 1983 hasta hoy). El joven rebelde como militante orgánico e integrante de una fuerza revolucionaria colectiva, no como “operador político” rentado, “puntero” barrial o estudiantil ni simple “pega carteles” que no corta ni pincha.

En este contexto de época y con ese horizonte de fondo, volver a editar Poder burgués y poder revolucionario (redactado por Santucho en 1974) constituye una decisión más que acertada.

Rescatar el pensamiento político de Robi Santucho implica hoy actualizar una tradición aplastada y olvidada, volviendo a poner en discusión la centralidad del proyecto de poder en el campo popular y revolucionario. El gran tema ausente de la agenda de los movimientos sociales durante las últimas tres décadas.


La rebelión del 2001, las modas y la ausencia de una estrategia de poder

El proyecto y la estrategia de poder ha sido —por ahora sigue siendo— nuestro gran déficit todavía pendiente. Incluso en la rebelión popular del 2001 (el punto histórico más alto de rebeldía social colectiva después de la dictadura militar), el problema y la estrategia de poder estuvieron ausentes en las filas de quienes pretendemos cambiar la sociedad. A ello contribuyeron tanto el evidente vacío de una estrategia de confrontación a largo plazo por parte de las distintas variantes de la izquierda institucional con aspiraciones electoral-parlamentarias como los relatos posmodernos y autonomistas de algunas fracciones de pequeño burguesía universitaria enamorada de sí misma (mientras suspira por el mayo francés) que imaginaba con no poca ingenuidad que la asamblea vecinal de parque centenario era algo análogo (incluso superador por lo “horizontal”...) al soviet de San Peterburgo de la época de Lenin y Trotsky o a los consejos obreros de la FIAT de Turín en tiempos de Gramsci.

Ese autonomismo que afloró en el 2001 con bombos y platillos (aplaudido, dicho sea de paso, por los diarios Clarín y La Nación que le dedicaron varios suplementos culturales a endiosar a Toni Negri, Paolo Virno y John Holloway, entre muchos otros) hizo mucho daño, desviando sanas energías populares y genuinas buenas intenciones juveniles hacia callejones sin salida alguna. Fantaseando e idealizando, sin conocer en profundidad, al zapatismo (el zapatismo de los turistas progres), el autonomismo criollo jamás se animó a preguntar, por ejemplo, porqué las comunidades originarias de Chiapas, a la hora de identificarse políticamente, eligieron el nombre histórico de Emiliano Zapata en lugar de autobautizarse con algún bonito y atractivo nombre de ONG altermundista europea.

La rebelión popular del 2001 y su célebre consigna “que se vayan todos” condensaron una notable crisis de representación política, mientras ponían en evidencia el simulacro de auténtica democracia que existe en Argentina tras la retirada ordenada de los militares genocidas derrotados en Malvinas. Aun con varias decenas de jóvenes heroicos asesinados en la calle y una energía popular abnegada y sumamente valiente, la rebelión popular lamentablemente careció de un proyecto revolucionario de poder… ¿o la zapatería en el barrio, el microemprendimiento y la salita de primeros auxilios —con enorme esfuerzo construidos— eran y son suficientes para demoler al estado capitalista y sus instituciones? El resurgir del Partido Justicialista de sus cenizas y la hegemonía kirchnerista de una década dieron por cancelada rápidamente aquella discusión.

No es casual que muchos de aquellos autonomistas, soberbios y engreídos, del 2001, aparentes “radicales” y con ademanes furiosamente anticapitalistas (en el discurso, sólo en la retórica), por entonces decretaban alegremente que “el Che y Lenin están viejos” y “el marxismo ya no sirve” mientras hoy... son obedientes funcionarios del gobierno. Nada más institucional que el autonomismo que, cuando quiere seducir y enamorar, utiliza jerga, ademanes y vocabulario anarquista y libertario pero a la hora de concretar termina siempre enredado en las pegajosas telarañas del reformismo institucional de turno. ¿O no terminó el pobre Toni Negri, tan “comunista y radical” en su vocabulario de Imperio y tan timorato en sus corolarios políticos, entrevistándose y aconsejando a todos los presidentes progres del cono sur?

Y si el autonomismo de Negri, Virno y sus derivados prometió y defraudó energías juveniles a diestra y siniestra, ¿qué no podría decirse del posmodernismo y el posmarxismo de Ernesto Laclau? ¡Qué triste papel el de consejero presidencial! Laclau reemplazó a Jorge Abelardo Ramos por Cristina Kirchner, con la mediación de la Academia británica y su prestigio engolado, pero mantiene invariable el rol de consejero del príncipe. ¿Y Eliseo Verón, asesor semiológico de los grandes monopolios de la incomunicación?¿Y Dieterich, por dónde andará aconsejando a los obreros abrazarse con cualquier militar, creyendo que todos los uniformados del mundo son siempre antiimperialistas y socialistas como Hugo Chávez? ¿Y Zizek cuándo dejará la puesta en escena y sus trucos de prestidigitación e ilusionismo teatral para sugerir al movimiento popular algún camino estratégico preciso, sea el que sea, por donde avanzar hacia el socialismo?

Cuando estas estrellas de la farándula intelectual —posmodernismo, autonomismo, posmarxismo, posestructuralismo, multiculturalismo, etc.— agotaron en la pasarela sus inofensivos cinco minutos de fama (intentando luego reciclarse con nombres más atractivos como “autogestión”, “nueva izquierda”, “cooperativismo”, etc.) la perspectiva del marxismo latinoamericano continúa incomodando, importunando, molestando, metiendo el dedo en la llaga. Nada más odioso e intolerable para el empresariado, los banqueros, los espías norteamericanos y sus aparatos de represión y vigilancia masiva que el Che, que Robi Santucho (y el maestro de ambos, Lenin). Las modas desfilan y pasan, fugaces y efímeras como todo el resto de las mercancías de shopping en este cruel, impiadoso y acelerado capitalismo tardío, mientras el marxismo revolucionario sigue ahí, afilando con mucha paciencia el cuchillo y la guadaña. La burguesía lo sabe. Nosotros también.

La época del Che y Santucho y la nuestra 
 
Ante el fracaso político y teórico de las ilusiones posmodernas y otras metafísicas análogas (2), la estrella insurgente de Guevara y Santucho vuelve a brillar. Sin embargo, estaríamos ciegos si no percibiéramos que la época en que Guevara y Santucho actuaron y pensaron es muy distinta a la nuestra. Entre el mundo político, económico, social y cultural del Che y de Robi y el nuestro existen continuidades y también no pocas discontinuidades.

Cuando Guevara y Santucho vivieron el planeta tenía una estructura geoestratégica bipolar. Aunque el enfrentamiento más agudo se daba entre el imperialismo y las revoluciones socialistas de liberación nacional del Tercer Mundo (ejemplo Vietnam y Cuba), existían dos grandes superpotencias: los Estados Unidos y la Unión Soviética, ambas con un poderío nuclear similar, aunque nunca llegó a ser totalmente idéntico. La Unión Soviética, aun burocratizada y apostando políticamente al llamado “tránsito pacífico” al socialismo (experimento que infructuosamente intentó llevarse a cabo en Chile entre 1970-1973), podía jugar el papel de reserva, suministrando material militar a otros países en pie de lucha y en primera línea de confrontación (caso Vietnam, Cuba o Angola).

En esos años se vivía el intento de iniciar una transición del capitalismo al socialismo a escala planetaria (al menos un tercio de la población mundial ensayaba salir del capitalismo, a pesar de que se chocó con la burocratización de numerosos procesos revolucionarios).

La rebelión anticolonial y antiimperialista estaba a la orden del día, principalmente en el Tercer Mundo (el Che Guevara consideraba que el enfrentamiento principal con el imperialismo se daba a nivel mundial en Asia, África y América Latina; Santucho, desde Argentina, coincidía, por eso cuando Robi asistió personalmente a la rebelión del mayo francés en 1968 la observó en vivo y en directo como una lucha demasiado tímida, para nada comparable ni homologable —más allá de lo que digan los relatos académicos— con la guerra de Vietnam u otros procesos del Tercer Mundo con millones de asesinados por el NAPALM y guerras de liberación prolongadas durante años).

En tiempos del Che y de Santucho la violencia popular, plebeya, proletaria y campesina era generalizada en todo el orbe, incluyendo el mundo capitalista desarrollado donde también había insurgencias políticos militares (desde los Panteras Negras en EEUU y el RAF en Alemania occidental, hasta la ETA y los GRAPO en el estado español o las Brigadas Rojas en Italia). La respuesta popular frente a la violencia institucional del poder burgués, el estado capitalista y el imperialismo se vivía en grandes segmentos de la población mundial, especialmente de la juventud, como justa y legítima.

Nuestra época mantiene algunas claras continuidades y otras que no lo son. El mundo actual ya no es bipolar. El poder militar estratégico de Estados Unidos no tiene enfrente ninguna potencia que pueda enfrentarlo abiertamente en el terreno militar. Sin la Unión Soviética, no existe actualmente ninguna “reserva estratégica” (sea o no burocrática) que pueda oponerse en la geoestrategia seriamente a EEUU y la OTAN. Cuando 1999 Estados Unidos y la OTAN bombardean la embajada de China en Yugoslavia (utilizando mapas de la CIA), el gigante asiático se queda completamente petrificado (probablemente pensando en sus negocios). Militarmente no los podía enfrentar.

En nuestros tiempos, la asimetría tecnológica entre el imperialismo euro-norteamericano y las fuerzas revolucionarias del Tercer Mundo ensancha su brecha día a día. Por eso el imperialismo actúa de modo más agresivo que nunca, intentando paliar su crisis económica y social interna con una especie de “keynesianismo militar” y un estado cada vez más policíaco y represivo. El macartismo, ya presente en los 50 y renacido en los 80, hoy se multiplica exponencialmente, bajo la máscara del “multiculturalismo plural” y sus “guerras humanitarias”. Mientras en las Academias universitarias las filosofías y las disciplinas sociales aplauden el supuesto “derecho a la diferencia” y lo convierten en una nueva metafísica, en la vida cotidiana real asistimos a más vigilancia, control y totalitarismo a escala mundial.

Los cambios no ocurren sólo en el plano de la tecnología de guerra, y los dispositivos de vigilancia informática y control comunicacional. Resulta inocultable cierta mutación en la sensibilidad cultural de las subjetividades populares. La fragmentación social (que es real y no la negamos, aunque el posmodernismo la internaliza y asume como propia y la eleva a programa haciendo de necesidad virtud, pegando el salto de la falacia naturalista, pasando de lo que ES a lo que DEBE SER) genera mayor dificultad para la hegemonía socialista y la perspectiva del poder revolucionario, intentando deslegitimar la violencia popular, plebeya y anticapitalista. 

A esas transformaciones “macro” (geoestratégicas y tecnológicas), se les suma, en el caso específico de Nuestra América, cambios políticos en la revolución cubana, estrella indiscutida del movimiento revolucionario en tiempos del Che y Santucho (cuando se escribió Poder burgués y poder revolucionario). De allí que hoy en día el movimiento revolucionario latinoamericano y del Tercer Mundo carece de “faros” o “estados guías”. Se debilita la posibilidad de contar con ayuda exterior para nuestras luchas, aunque al mismo tiempo se amplía la libertad de movimiento para las fuerzas antimperialistas y anticapitalistas. De allí que aumenten las dificultades y al mismo tiempo los desafíos para construir una nueva articulación y una nueva coordinación internacional de las rebeldías antisistema.

Esta diferencia de época, inocultable para quien tenga un mínimo principio de realidad y no esté fascinado ilusoriamente con su propio discurso, se produce en una fase del capitalismo imperialista que profundiza al mismo tiempo la miseria popular, la ultraexplotación de la clase obrera, la dependencia neocolonial y las guerras de rapiña y saqueo por los recursos naturales del Tercer Mundo. 

Lejos estamos de un mundo armonioso, estable y en paz. Hoy en día hay más violencia que en los 60 y 70, el problema es que esa violencia predominante es institucional, estatal, multinacional, imperialista. Falta una mayor respuesta popular que pueda enfrentarla después de tantos genocidios que intentaron disciplinar la desobediencia de las y los de abajo. La resistencia, de todos modos no ha desaparecido. Día a día continúa el intento del pueblo iraquí por expulsar las tropas estadounidenses que humillan y expolian su petróleo. El pueblo palestino no ha dejado de enfrentar los tanques israelíes. La juventud de los pueblos vasco, catalán y galego ensaya mil formas, institucionales y clandestinas, para desobedecer y terminar con la ignominia de la dominación neofranquista del estado español (presentada en forma de “republicanismo” con picana y otras torturas). En Colombia el movimiento popular, organizado desde lo social y electoral hasta en ejércitos revolucionarios regulares bolivarianos de gran escala, cada día tiene más fuerza en su lucha contra las bases militares norteamericanas, el paramilitarismo y el narcotráfico. En México la resistencia indígena, tan distinta al imaginario hippie de turistas progres que la visitan con un libro posmoderno bajo el brazo mientras intentan cuadricularla en el lecho de Procusto de sus esquemas de pizarrón, no ha podido ser aniquilada por el estado narcopolicial al servicio de las grandes empresas. En Brasil, cuando todo el mundo pronosticaba sometimiento eterno a las grandes empresas que se quieren quedar con el Amazonas, millones de personas salen a la calle e intentan dar vuelta todo (el Papa argentino acude entonces presuroso esforzándose por calmar las aguas, seguramente no podrá). Y en Venezuela el bolivarianismo, con no pocas contradicciones, ha impulsado toda una serie de mecanismos de integración regional desafiando la estructura de la OEA (títere de los EEUU), mientras a escala continental reinstala el debate sobre qué significa el socialismo en el siglo XXI (¿cooperativismo con crédito estatal petrolero? ¿economía mixta bajo la fórmula elegante de la “autogestión” que solo reclama “una gotita de petróleo” para cada empresa o en cambio una planificación socialista a escala nacional y regional, expropiando a las burguesías, incluyendo no sólo a la escuálida sino también a la que tramposamente se disfraza de “bolivariana”?. El debate sigue abierto después de la muerte de ese entrañable rebelde llamado Hugo Chávez que sin contar con ninguna superpotencia militar en la espalda supo desafiar al amo del mundo, cara a cara y con mucha valentía política). 

En síntesis, la rebeldía social y la indisciplina contra el capital, contra la opresión nacional y contra el imperialismo no ha desaparecido, se ha multiplicado en el siglo XXI.

En ese contexto de resistencia y contestación generalizada, las contradicciones económicas, sociales y medioambientales se han agudizado mucho más todavía que en los tiempos del Che y Santucho. La crisis capitalista actual es notablemente más aguda que las de 1929 y la de 1974; ahora se volvió sistémica y civilizatoria. No sólo en la economía, las bolsas de valores y en las montañas rusas de la tasa de ganancia, sino en el conjunto de la vida social de una civilización capitalista planetaria que se vuelve, día a día, inhabitable.

Para dar solo unos pocos ejemplos de la vida cotidiana en tiempos sombríos de capitalismo tardío: (a) la generalización de las drogas ya no ha quedado recluida a minorías lúmpenes o grupúsculos culturales supuestamente iconoclastas que les gusta transgredir o “experimentar” sino que se ha extendido a millones y millones de jóvenes que han perdido completamente el rumbo de su vida intentando escapar de una vida gris y mediocre de alienación y feroz mercantilismo, estructuralmente vacía de sentido; (b) las mafias de la prostitución y el comercio de esclavos y esclavas sexuales se ha generalizado a escala planetaria, secuestrando millones de jóvenes, niños y niñas, para “uso sexual” de la gente con dinero, superando en su crudeza, perversión y brutalidad las peores etapas de la acumulación originaria y primitiva del capital; (c) junto al reino de las drogas, las mafias y la prostitución generalizadas, el comercio de órganos humanos se ha vuelto una de las actividades lúmpenes más rentables en el siglo XXI. ¿Estamos o no frente a un sistema socio económico y cultural global, decadente y en descomposición, que archivó para siempre las promesas incumplidas de la Ilustración burguesa del siglo XVIII (libertad, igualdad, fraternidad, respeto por las personas, programa filosófico para saber usar el propio entendimiento, creación de una paz perpetua, etc.)?

En el clima de época, que huele demasiado a descomposición, se producen nuevas guerras e intervenciones militares donde el imperialismo sigue empantanado (Afganistán, Irak, Colombia, etc.), volviendo más agresivo al sistema de dominación que genera programas de vigilancia masiva y control de la vida individual y privada inimaginables hasta por las novelas más sombrías y pesimistas de antaño (como 1984 de Orwell y otras similares), abriendo al mismo tiempo la posibilidad a un enfrentamiento generalizado entre las fuerzas revolucionarias y las fuerzas capitalistas.

En ese nuevo contexto de época, los movimientos sociales del mundo gritan al unísono y en forma desesperada, desde sus Foros Sociales: “¡Otro mundo es posible!”. Bien, pero ¿cuál? El marxismo radical y revolucionario de Guevara y de Santucho son inequívocos: es y debe ser el socialismo no sólo como proyecto político internacionalista sino también como nueva cultura y nueva alternativa civilizatoria a escala planetaria. Y un socialismo que jamás vendrá en forma automática o evolutiva, “sin que nadie se enoje y siendo amigos y amigas de todo el mundo”, sino a partir de las contradicciones, los enfrentamientos de clase, las guerras de liberación y las revoluciones antiimperialistas y anticapitalistas.

Santucho y el poder: el toro por las astas y la sal en la cola del tigre



Aun tomando nota de esos innegables cambios de época (ya que el nervio íntimo del marxismo apunta al análisis concreto de la situación concreta, no a repetir consignas y esquemas sin analizar el contexto), las tesis de Poder burgués y poder revolucionario constituyen una invitación tremendamente sugerente.

La obra de Poder burgués y poder revolucionario no puede ser convertida en un fetiche. No es un ensayo que parte aguas en la historia del marxismo mundial. Nunca tuvo esa pretensión, su mismo autor lo señala. Sí es el punto de llegada más maduro de una corriente política que logró nada menos que poner en jaque y en crisis la estabilidad, la dominación y la hegemonía burguesa en Argentina (estabilidad de la dominación que los dueños de absolutamente todo llaman, hipócrita y cínicamente, “paz”). Este texto emblemático contiene una reflexión de una corriente que aspiró no a cambiar un poquito nuestra sociedad sino a cambiarla de raíz, con una radicalidad política (no solo discursiva, como en el caso del autonomismo posmoderno) que nunca se había visto en la Argentina del siglo XX, ni siquiera en las rebeliones heroicas —brutalmente masacradas a sangre y fuego— de la Patagonia Rebelde.

¿Cuáles serían entonces los grandes aportes y legados del Che y de Robi Santucho que hoy en día, en esta nueva época histórica, nos invitan a repensar la rebeldía popular y las formas de dominación capitalista que intentan neutralizarla? Creemos no equivocarnos al identificar la tesis según la cual sin estrategia de poder no hay revolución posible ni transformaciones sociales de fondo. Ese es el núcleo de fuego del guevarismo que (todavía, por ahora) está ausente en el movimiento popular argentino desde 1983 hasta hoy.

Poder burgués y poder revolucionario resulta más que sugerente y puede ser útil hoy en día por su claro intento de reinstalación de la problemática del poder y la estrategia revolucionaria en el centro de la agenda política de las fuerzas (variadas y heterogéneas) que aspiran a cambia la sociedad. En él se condensa una búsqueda clara de un camino distinto al bipartidismo tradicional argentino, reciclado con los nombres más variados, conjugando al mismo tiempo la política de unidad en la lucha sin abandonar la critica y el debate al interior del campo popular (allí se inscribe su polémica con el populismo, principalmente de Montoneros, y el reformismo del Partido Comunista, corrientes ideológicas que se han prolongado, reciclado y transmutado con otros nombres y otras organizaciones en estos últimos 30 años de régimen parlamentario hasta el día de hoy).

En Poder burgués y poder revolucionario Santucho nos aporta una mirada específicamente política de la historia argentina enfatizando su análisis en la alternancia cíclica entre el parlamentarismo (república parlamentaria como forma de dictadura burguesa, según El 18 brumario de Luis Bonaparte) y el bonapartismo militar. Dentro de ese cuadro ubica a las Fuerzas Armadas como el principal partido político de la burguesía argentina (no como un grupo de violentos amantes de la pólvora, sino como un partido político). Evidentemente en los últimos 30 años, con excepción de las rebeliones carapintadas encabezadas por los grandes farsantes (disfrazados de “antiimperialistas”) Rico y Seineldín, las Fuerzas Armadas represoras han cambiado su rol después del genocidio de 1976 y los principales partidos de la burguesía han estado del lado de la república parlamentaria, no del bonapartismo militar. 

Pero el análisis de Santucho no se limita al análisis militar, como una lectura ingenua (o desinformada) podría argumentar. En su texto aparecen explícitamente mencionadas, con nombre y apellido, las diversas formas de “la hegemonía de la burguesía” (4), destacando, por ejemplo, el papel de “la prensa, la radio y la TV”, es decir, los grandes medios de comunicación de masas como instrumentos de la dominación ideológica.

Todo su análisis se inserta en un contexto regional y global, señalando la crisis del capitalismo argentino enmarcada en un sistema mundial. Aquí Santucho hace suyo el método dialéctico de los Grundrisse de Karl Marx según el cual se debe partir de la totalidad concreta del mercado mundial para comprender el desarrollo específico de una formación económico social capitalista dependiente, en esta caso la Argentina, tesis metodológica a la que el PRT-ERP ya había apelado en su polémica con Carlos Olmedo de las FAR en 1970-1971. La posición del PRT, que prolongaba el análisis del Che en su “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”, proponía una mirada global sobre el conflicto con el imperialismo. La lucha nacional, país por país, era insoslayable, pero al mismo tiempo parte de una batalla mayor, de carácter antimperialista e internacional. De este modo, el PRT le respondía a Olmedo —cabe aclarar que Santucho mantenía por Olmedo un gran aprecio personal, según le confiesa en una carta enviada desde la cárcel a su primera compañera Ana Villarreal, luego asesinada en Trelew— que el marxismo no es sólo un instrumento metodológico, sino también una ideología política y una concepción del mundo. En tanto método, ideología política y concepción del mundo, tiene como meta la revolución mundial y, por ello, debe analizar el capitalismo como un sistema a una escala que supere la estrechez reduccionista del discurso nacional-populista.

El estudio político de Santucho tiene como eje el análisis del poder y las relaciones de fuerza, incluyendo las hegemonías ideológico-políticas. Un estudio sobre el “arriba” (la crisis del capitalismo argentino iniciada en 1952 y su dependencia con el gran capital transnacional, el reemplazo de los partidos clásicos de la burguesía por el bonapartismo militar, cuando entra en crisis la república parlamentaria) y un análisis del “abajo“ (polémica con el reformismo y el populismo, falsos atajos que terminan sometiendo al movimiento popular dentro del engranaje de la lucha interburguesa; emergencia y crecimiento exponencial de la rebeldía popular en todas sus formas, legales y clandestinas, a partir del cordobazo de 1969).

Poder burgués y poder revolucionario intenta y se esfuerza por reflexionar sobre la célebre teoría de Lenin (también enriquecida por Gramsci y otros clásicos del marxismo) acerca del doble poder, pero no a través de un esquema genérico de pizarrón, como si fuera una clase tradicional de filosofía política universitaria, sino tomando como “base empírica” las condiciones históricas específicas de la Argentina posterior al cordobazo.

Allí aparece entonces sus tesis sobre el doble poder y la estrategia de poder popular en nuestro país, la construcción de poder local a partir de zonas liberadas en confrontación con las fuerzas de represión estatales (algo muy distinto al supuesto “poder autónomo” de una panadería o una zapatería en un barrio como emprendimientos de supervivencia —con subsidio estatal— para los segmentos ultra empobrecidos de clase obrera desempleada convertidos mágicamente en “los nuevos soviets o consejos comunitarios” presuntamente “prefigurativos del comunismo futuro”, como muchos años después postuló, ambigua e ilusoriamente, el autonomismo).

La reflexión sobre el poder obrero y popular de Mario Roberto Santucho incorpora las formas de gestión (el texto analiza específicamente como ejemplos concretos desde grandes zonas rurales en territorios liberados por la insurgencia político militar hasta comisiones vecinales urbanas dentro de una villa o sindicatos antiburocráticos en pueblos de ingenios azucareros) enfrentadas a la arquitectura político institucional de la burguesía, pero enmarcadas siempre en la estrategia de confrontación armada con el poder de los capitalistas. La teorización del poder popular que realiza Santucho contiene todas las determinaciones que habitualmente repite el autonomismo (gestión a través de la participación popular, democracia desde abajo, etc.), pero le agrega determinaciones ausentes en los relatos autonomistas y posmodernos, ya que jamás elude la estrategia de confrontación con el Estado capitalista y sus instituciones. Este es el quid de la cuestión, el carozo del durazno, “el tango esencial” según aquella hermosa frase que le gustaba escribir a David Viñas. La presencia de una ausencia (es decir: la estrategia revolucionaria de poder) de la cual el autonomismo en sus variadas formas recicladas, desde las más groseras hasta las más sutiles, no se hace cargo. El poder popular para Santucho es un escalón hacia la confrontación generalizada con el poder del Estado burgués, nunca un atajo “prefigurativo” para eludir el choque y esquivar (imaginariamente) la violencia capitalista. 

El gran presupuesto en el que basa su análisis no parte de elucubraciones genéricas y metafísicas extraídas de los exquisitos relatos filosóficos del posestructuralismo francés... sino de experiencias concretas y bien terrenales de revoluciones históricas. 

Para pensar el poder el método de la dialéctica marxista es histórico, no metafísico. Partimos de la historia, no de las metafísicas “post” cuyas hipóstasis superlativas asumen siempre un nombre distinto (cada pensador, a su vez, se siente único pastor del pueblo elegido, la secta académica que lo sigue), pero la operación teórica presupuesta es la misma. Puede llamarse Ideología (en el Althusser tardío); Poder (en Foucault); Discurso (en Laclau); Diferencia (en Derrida); Poder-potencia constituyente (en Negri), Interpretación (en Vattimo, antes de su reciente autocrítica), Deseo (en Deleuze y Guattari), etc., etc. Siempre escrito con mayúsculas...

A la hora de pensar el poder popular Santucho, siguiendo las sugerencias del Che y de Lenin, no elabora una nueva metafísica, aislando e hipostasiando algún segmento de las relaciones sociales elevado a primer motor del universo político. No, por el contrario, asume una perspectiva más modesta pero más efectiva. Analiza procesos históricos, experiencias concretas en las cuales “los de abajo” intentaron de diversos modos enfrentar a “los de arriba”. Santucho menciona explícitamente los procesos revolucionarios de Rusia, España, China y Vietnam, no tomadas como un bloque homogéneo y uniforme —convertido en esquema universal— sino por el contrario, marcando las diferencias específicas y concretas de cada situación revolucionaria. Por ejemplo, sostiene, en Rusia el proceso de doble poder que abre una situación revolucionaria duró apenas nueve meses, fue relativamente corto. En cambio en la revolución y guerra civil española, se extendió durante casi ocho años. En uno triunfó el campo revolucionario, en el otro triunfó la contrarrevolución.

Analizando concretamente la experiencia argentina, Santucho sostiene que, acorde al desarrollo desigual que conformó al capitalismo argentino en cada una de las regiones del país, existe un desarrollo desigual en las formas del poder local —forma específica del poder dual teorizado por Lenin— a partir de levantamientos sucesivos (el cordobazo, el viborazo y otras grandes rebeliones populares de la época por él estudiada) que no se dan todos juntos ni homogéneamente ni en el mismo nivel. Un análisis bastante fino y para nada esquemático, que atiende a la especificidad regional del capitalismo argentino y de sus resistencias.

Un marxismo no decorativo 
 
Robi Santucho no fue un hombre de la Academia ni del marketing. Ni siquiera existen muchas fotografía suyas. Cuentan sus compañeros y compañeras que hablaba bajito y era muy humilde (seguramente la antítesis del porteño supuestamente sabelotodo, altanero, engreído y petulante). Pasó los años más significativos de su vida adulta en la clandestinidad y el anonimato. No trabajó para sí mismo sino para una causa infinitamente mayor que su propio ombligo. Aunque tenía de profesión contador público, no le interesó hacer “carrera política”, lo cual hubiera sido muy fácil para él. Poniendo en práctica otra manera de vivir, apostó todo, incluyendo su propia vida y la de sus seres queridos, por la felicidad de los demás, para que la gente humilde pudiera tener una vida digna, para que los millonarios no gocen de la obscena impunidad de la que hacen gala hoy en día, para que la clase trabajadora dirigiera, por fin, este país que a veces es tan pero tan cruel con sus propios hijos. 

Sus reflexiones políticas, completamente ajenas al barroquismo académico y a las imposturas supuestamente refinadas de un discurso que en el fondo no tiene dos ideas genuinas para comunicar y que no molesta ni incomoda a nadie, constituye una manera distinta de pensar la sociedad y el mundo desde abajo, a contramano de la historia de los vencedores, a partir de la rebeldía contra las instituciones fundamentales de los millonarios y empresarios capitalistas. Esos mediocres que son todavía los dueños de todo... Por ahora.

Barrio de Once, julio de 2013.

NOTAS:
(1) Esos colores de la bandera del ERP (celeste y blanco horizontales al estilo de la bandera del Ejército de los Andes de San Martín, con una estrella roja de cinco puntas en el medio), hoy tan populares entre la juventud, eran completamente desconocidos para la militancia juvenil de nuestra generación. Si no recuerdo mal, la primera vez que vimos esa bandera en público, en vivo y en directo, fue en el estadio de Atlanta en el acto político del 1 de mayo de 1987, conmemorando el día de los trabajadores. Conmovidos, todos los jóvenes comentábamos por lo bajo, señalándola en lo más alto de una tribuna popular. Nos generaba fascinación, no desprovista al mismo tiempo de cierto temor. La bandera del ERP era uno de los máximos símbolos prohibidos; representaba todo, prácticamente todo, lo que la dictadura sangrienta y feroz del general Videla había pretendido extirpar de nuestro país, nuestra sociedad y nuestra historia. A pesar del genocidio, los sueños y proyectos que esa bandera intentó sintetizar nunca fueron exterminados. 

(2) Hemos intentado demostrar en forma mucho más extensa el fracaso de las metafísicas “post” en el libro Nuestro Marx. Caracas, Misión Conciencia, 2011. Primera parte. pp. 47-92.

(3) No queremos repetirnos. Hemos intentado responder esta pregunta con mayor detalle en nuestro libro En la selva (Los estudios desconocidos del Che Guevara. A propósito de sus « Cuadernos de lectura» de Bolivia) de próxima publicación en Argentina (2013) en una edición conjunta de Ediciones Yulca, La Llamarada y Amauta Insurgente. 

(4) Santucho, Mario Roberto: Poder burgués y poder revolucionario. En Daniel de Santis [compilador]: PRT-ERP. Documentos. Buenos Aires, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 2000. Tomo 2, p.276.

Fuente:  http://www.rebelion.org/noticia.php?id=171968

30 diciembre 2015

Apoyar a campesinos para alimentar al mundo.

Editorial de La Jornada

En su informe sobre pequeños agricultores y el desarrollo sustentable de productos básicos, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) señaló a los campesinos o pequeños productores agrícolas como principales contribuyentes de la seguridad alimentaria en el mundo, así como fundamentales para el logro de la sustentabilidad social y ambiental. En contraste con estas contribuciones, el informe reporta que los campesinos concentran apenas 12 por ciento de todas las tierras agrícolas, a la vez que representan a 70 por ciento de las personas en pobreza extrema de los países en desarrollo. Aun así, los pequeños productores agrícolas generan 80 por ciento de los alimentos del planeta.

La estrecha correlación existente entre los pequeños productores rurales y la pobreza –como se documenta en el informe del referido órgano de la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU)– está a su vez vinculada con el hecho de que los estados nacionales realizan una inversión de recursos públicos muy inferior a lo que ameritarían las cifras mencionadas. Se asiste, pues, a una de las múltiples paradojas que convergen en el modelo económico vigente: mientras los campesinos y campesinas del mundo constituyen, por su labor, un factor invaluable de gobernabilidad, los gobiernos, al excluir a ese sector de las políticas económicas aplicadas, juegan como agentes de la desestabilización social.

A los efectos económicos, sociales y políticos del abandono deliberado de los entornos rurales se suman los medioambientales. Debe tomarse en cuenta que pese a la responsabilidad ambiental desplegada en sus prácticas, los campesinos se encuentran particularmente expuestos a las amenazas del cambio climático, factor que complica su panorama económico.

En suma, el informe de la ONU confirma lo que desde hace años han venido sosteniendo organizaciones campesinas, ecologistas y de oposición a los organismos genéticamente modificados: la preservación del medio ambiente y la soberanía alimentaria requieren del apoyo a los pequeños productores y no de la concentración de tierras y patentes exclusivas en manos de un puñado de trasnacionales. Es decir, la política económica vigente promueve acciones que van a contrapelo de las necesidades actuales.

En este sentido, la desfavorable asimetría existente entre el porcentaje de tierra controlada por grandes productores y su aporte minoritario a la producción mundial de alimentos parece dar también la razón a quienes denuncian que el propósito de la agroindustria no es la producción de alimentos, sino de ganancias.
Lo cierto es que el informe de la UNCTAD obliga a plantear la reorientación radical del modelo productivo imperante en el campo, pues ahora queda claro que incentivar la agricultura nacional es lo correcto en términos de seguridad alimentaria e impacto ambiental a mediano y largo plazos, incluso si desde una perspectiva meramente económica estos programas resultan onerosos en lo inmediato.

Es tiempo de que los estados respalden a los pequeños productores mediante políticas coherentes con el doble objetivo de la seguridad alimentaria y la responsabilidad ambiental, ya que únicamente asumiendo los costos de una reorientación en los paradigmas productivos podrá terminarse con la inaceptable situación actual.

 http://www.attac.es/2015/12/30/apoyar-a-campesinos-para-alimentar-al-mundo/


¿QUIÉN ERA EL CORONEL ABEL?

Ernesto Gómez de la Hera 
PSUC

La película de Spielberg “El puente de los espías” ha permitido que muchas personas oigan hablar, por vez primera, del coronel Rudolf Ivánovich Abel, pero la película, aunque ofrece pinceladas que permiten vislumbrar su cualidad de héroe, no cuenta apenas nada sobre alguien que dedicó su vida entera, una vida heroica repetimos, a la causa del Comunismo.

Así pues, ¿quién era el coronel Abel?

Este gran revolucionario se llamaba realmente William Fisher, si bien en su tumba moscovita figuran ambos nombres, el auténtico y el que él hizo famoso, por más que se tratara solamente de un truco para que en Moscú fueran conscientes de que había sido detenido, pues jamás lo había usado hasta ese momento, ya que los nombres que usó en Canadá y Estados Unidos fueron Andrew Kayotis y Emil Goldfus.

Emil Goldfus era el nombre que figuraba en sus documentos cuando fue detenido, en Nueva York, por el FBI (la agencia norteamericana encargada del contraespionaje) en junio de 1.957. Para entonces él llevaba más de seis semanas sin visitar su domicilio habitual (que se encontraba aledaño a la sede del FBI en Nueva York), pues era consciente de que podía ser detenido en cualquier momento. De hecho estaba a la espera de que su contacto soviético le facilitara un nuevo pasaporte falso, para salir de los Estados Unidos, donde ya no podía permanecer. Sin embargo, sus pasos ya eran seguidos de cerca y el FBI llegó a su puerta antes que el nuevo pasaporte. Sabiendo que esto podía pasar y preparado para ello, reconoció que Goldfus no era su nombre, que había entrado ilegalmente en Estados Unidos y dijo ser un ciudadano soviético llamado Rudolf I. Abel, aunque negó ser un espía y rechazó colaborar con los interrogadores de la CIA, a cuyas manos le pasó de inmediato el FBI. Así las cosas y con poco más que unos cuantos “gadgets” curiosos entre las manos, el principal de los cuales era una moneda de cinco centavos que se abría por la mitad y que habían encontrado años atrás (en base a esa moneda fue popularmente conocido este asunto en la prensa norteamericana), los cazadores de espías norteamericanos fueron incapaces de detener a nadie más y se quedaron con una sola prueba contra aquel a quien ya llamaban coronel Abel.

¿Qué prueba era esa y como pudo caer alguien tan discreto y prudente en manos del FBI?

Esto es algo que la película de Spielberg no muestra, pues pondría en tela de juicio su moralina final. El coronel Abel/William Fisher fue capturado por medio de un traidor. Ese traidor fue Reino Häyhänen, quien había sido enviado desde Moscú a petición del propio Abel, para colaborar con él, especialmente como operador de radio, debido a la cantidad de tráfico informativo que la red dirigida por Abel generaba. La conducta de este traidor fue mala desde un principio, lo que pone en tela de juicio la capacidad de análisis, y otras capacidades, de quienes le seleccionaron en Moscú. Todo cuanto hizo en Estados Unidos contradijo lo que debían ser sus normas, llegando a apoderarse de una importante cantidad de dinero que debía entregar a la esposa de un agente ya encarcelado por entonces. Naturalmente, el coronel Abel, que tenía con él el mínimo contacto imprescindible en las labores conspiratorias, se percató finalmente de ello y solicitó que fuese llamado a Moscú. Reino Häyhänen era traidor y corrupto, pero no tonto y advirtió que en Moscú no iba a recibir ninguna felicitación por su trabajo. Por eso, una vez salido de Estados Unidos se detuvo en París, donde no estaba siendo seguido por nadie, lo que tampoco habla muy bien de los responsables soviéticos. Así cuando, el 4 de mayo de 1.957, entró en la embajada norteamericana en Francia y declaró que era un oficial soviético que deseaba desertar, nadie pudo advertir al instante al coronel Abel. Por supuesto este fue informado de que Häyhänen había desaparecido y consciente de lo que esto significaba empezó a tomar precauciones, pero ya era tarde.
Cuantos hayan visto la película de Spielberg se darán cuenta de que nada de esto aparece en ella. Tampoco aparece el juicio en el que Abel/Fisher fue condenado en base, tan sólo, al testimonio de este traidor. En ese juicio el abogado de Abel hizo hincapié varias veces en la clase de persona, leal, concienzudo, patriota (no convenía insistir en que era un comunista convencido) y hombre de familia, que era su defendido, mientras que su único acusador era un traidor y un infame moral. Lo que no dejó de causar impresión en quienes seguían el caso y en el resultado final del juicio.

Y es que el abogado del coronel Abel, Jim Donovan, también era una persona notable y de gran valía, aunque no fuese comunista. Por supuesto esto queda muy claro en la película, pues Donovan es el protagonista de ella y el personaje a través de quien Spielberg desea encarnar esa moralina de la que hablábamos antes: ¡El “american way of life” es el único moral, justo y democrático!, como lo demuestran quienes combaten por él y el hecho de que siempre gana (al menos en sus películas). Es verdad que, para que esto cuele, hay que “maquillar” un poco la verdad. Olvidar que, aparte de los motivos políticos, lógicos cuatro años después del asesinato judicial de los Rosenberg y lo que esto supuso, que enseña la película a la hora de hablar de los preparativos del juicio, una razón fundamental para elegir a Donovan como abogado del coronel Abel es que Donovan había trabajado, durante la II Guerra Mundial, con la OSS (el precedente inmediato de la CIA) y fue esto lo que le llevó a participar en el juicio de Nuremberg (dato que sí señala Spielberg). Esto quiere decir que Donovan gozaba de prestigio y confianza en el mundo del espionaje norteamericano. Algo que no se dice con claridad pese a la escena de la reunión entre Donovan y Allen Dulles (el gran patrón de la CIA y que había dirigido la OSS en Suiza, durante la guerra, además de ser hermano del Secretario de Estado Foster Dulles). En fin, tampoco es cierto que la casa de Donovan fuera tiroteada, aunque sí se ganó muchos odios y recibió cartas amenazadoras por defender a Abel/Fisher. Menos verdad es que le robaran el abrigo en su visita al Berlín Democrático, o que Pryor fuese detenido durante la construcción del muro (que fue construido en la veraniega noche del 13 de agosto de 1.961), o que hubiera muertos en grupo por intentar saltar el muro (sí que hubo muertos a tiros en algunos casos contados, pero lo de los muertos a mansalva lo debe haber sacado Spielberg del muro de Frontex en el Mediterráneo).

Sin embargo, sigue siendo cierto que Jim Donovan dedicó todo su esfuerzo y saber a salvar la vida del coronel Abel y que supo darse cuenta de la gran calidad moral de la personalidad de su cliente. Por eso, cuando en 1.960 Gary Powers fue derribado con su U-2 sobre la Unión Soviética, no puso reparos a la tarea que le encargaron de intentar intercambiarlo por Abel/Fisher. Esta tarea, aunque lejos de la romantización fílmica, no fue fácil. Para los norteamericanos el derribo del U-2 fue un impacto total. Ellos creían que la Unión Soviética carecía de medios para interceptar ese tipo de aviones espía, pese a que en aquellos momentos (entre el Sputnik y el vuelo orbital de Yuri Gagarin) la URSS iba en cabeza en el sector aeroespacial. Además el derribo se produjo unos días antes de una cumbre de las potencias en París. Esta cumbre fue también “derribada” a consecuencia de la captura de Powers. Y, por último, el presidente Eisenhower hubo de reconocer publicamente que los U-2 estaban espiando a la URSS y prometer no volver a hacerlo (algo fácil, ya que volverían a ser derribados, si bien siguieron volando en otros lugares como sobre Cuba). Todo esto dificultó las cosas y peor las puso la creciente tensión existente en 1.961 en Alemania, que desembocó en la crisis del muro y en una situación de peligro de guerra nuclear que muchos consideran que fue más grave que el publicitado de octubre de 1.962. Pese a todo el intercambio del puente Glienicke se produjo (más el de Pryor) y el coronel Abel volvió a su casa (y no en la parte de atrás del coche).

¿Y esto es todo? Bueno quizá sobre el coronel Abel sea todo, pero sobre nuestro camarada William Fisher hay mucho más. Fisher nació en Newcastle (en la película se dice que tal vez sea inglés, pero cuando fue capturado los norteamericanos no tenían ni idea de nada de esto) en julio de 1.903, apenas unos días antes del inicio del II Congreso del POSDR y del nacimiento de los bolcheviques. Los padres de Fisher eran rusos de ascendencia alemana y vivían refugiados en Inglaterra, ya que su padre hubo de salir de Rusia, tras pasar por la cárcel, por sus actividades revolucionarias en Petersburgo, precisamente en la organización que dirigía allí, a fines del siglo XIX, V. I. Lenin, con quien se dice que compartió detención. Bolcheviques de primera hora sus padres, William Fisher, perfectamente bilingüe en ruso y en inglés, ya era comunista cuando llegó a Rusia en 1.921, después de pasar en Inglaterra sus primeros 18 años. Cuando le tocó el momento de incorporarse al Ejército Rojo lo hizo en Transmisiones y fue un operador de radio destacado. Con esto su carrera quedó ya fijada para siempre. Se casó muy pronto y en 1.929 nació su única hija, Elena. Ligado al NKVD, y después de trabajar en Europa Occidental, tuvo serias dificultades para superar la época de los crímenes de Stalin, pues un hermano de su mujer estaba vinculado a la oposición. No obstante él siempre fue fiel a su familia (aunque la película obvia esto como tantas cosas), de hecho en 1.955, cuando hacía siete años que estaba ausente, regresó de vacaciones a su casa por seis meses y siempre se las arregló para recibir noticias de su esposa e hija en Estados Unidos (algunas cartas de su hija sí cayeron en poder del FBI).




La Gran Guerra Patria le vió de nuevo como operador de radio tras las líneas alemanas combatiendo a los invasores nazis. Tras la victoria y ser condecorado es cuando fue enviado a Estados Unidos como agente “rezident”, es decir sin cobertura legal alguna y responsable de una red y encargado de transmitir a Moscú la información recogida. Hay quienes, cegados por su fanatismo, siguen negando que recogiera información valiosa, pero la verdad es que el traidor Häyhänen sólo pudo dar su nombre, debido a las precauciones y prudencia de Abel/Fisher, con lo que el FBI fue incapaz de detener a nadie más y la red siguió funcionando. Es más, la inmensa mayoría de cuanto sabemos de él se supo tras la caida de la URSS. En su momento apenas se conoció que, a su vuelta a casa, se dedicó a labores de enseñanza a agentes que habían de ser enviados a Occidente, que fue condecorado de nuevo y que falleció en 1.971 de cáncer de pulmón (algo normal, pues también fue un fumador impenitente), siendo enterrado en Moscú, junto a la tumba de su padre en el cementerio de Donskói, bajo una lápida en la que se grabaron, como ya dijimos, sus dos nombres, el verdadero y el que él hizo célebre.

Cuando el coronel Abel regresó a casa el gobierno soviético, siempre muy reacio a reconocer que las tareas de información son vitales para cualquier estado u organización, estaba relajando algunas normas estúpidas y estaba publicitando algunas hazañas notables de sus agentes. Precisamente en 1.964 los correos soviéticos dedicaron un sello a Richard Sorge y se celebraron algunos homenajes a un par de supervivientes de su antigua red japonesa. No obstante, Abel/Fisher tuvo que esperar a las días postreros de la URSS para tener su propio sello de correos, aunque lo mismo le sucedió a otro gran revolucionario de carrera pareja a la suya. Nos referimos, claro está, a Kim Philby de quien hablaremos otro día.

El coronel Abel sí tuvo un reconocimiento muy singular y apropiado en el centenario de su nacimiento. En el año 2.003 algunos de los más destacados miembros de la comunidad de inteligencia se reunieron ante su tumba moscovita para recordarle, como hoy hacemos nosotros. Pero ellos le recordaban como agente de inteligencia, que lo fue y muy bueno, mientras nosotros queremos recordarle como comunista, que también lo fue y de los buenos. Quizá haya quienes entre nosotros, semejantes al gobierno soviético en sus tiempos, menosprecien el trabajo serio, callado y por fuerza secreto de aquellas personas que dedicaron su vida a luchar por la causa de la emancipación de la humanidad bajo una falsa bandera, pero ese trabajo es fundamental. Nunca como en los tiempos presentes, cuando son nuestros enemigos quienes actúan cotidianamente y sin oposición bajo esas falsas banderas contra nosotros, se ha echado tan de menos a esas personas heroicas, como el coronel Abel que con toda humildad, como corresponde a auténticos comunistas, pusieron su granito de arena en pro de la liberación del género humano.
 



El concepto de praxis en Lenin.

Adolfo Sánchez Vázquez

Filosofía y política en “Materialismo y empiriocriticismo

De 1908 data uno de los escritos filosóficos más importantes de Lenin; el otro, de 1914-1916, lo constituyen sus Cuadernos filosóficos. ¿Qué alcance filosófico y práctico-político tiene el primero de ellos?; ¿qué es lo que lleva a Lenin a polemizar con los seguidores rusos de una “variedad del idealismo”?; ¿por qué se ocupa este dirigente revolucionario de cuestiones, al parecer, distantes de la lucha política directa como la “cosa en sí”, la “verdad objetiva”, la materia, la “unidad del mundo”, el espacio, el tiempo y otras semejantes? Lenin no se había interesado hasta entonces con tanta atención por las cuestiones filosóficas y él mismo se consideraba por aquellos días “un marxista de filas en materia de filosofía”. 1

En su prólogo a la primera edición de Materialismo y empiriocriticismo fija claramente su tarea, refiriéndose a “toda una serie de escritores que pretenden ser marxistas“: “…indagar qué es lo que ha hecho desvariar a esas gentes que predican bajo el nombre de marxismo, algo increíblemente caótico, confuso y reaccionario”. 2 Se trata de defender el marxismo frente a una filosofía —el “machismo”— que, como “variedad del idealismo, es, objetivamente, un instrumento de la reacción, un portador de la reacción”. 3

La defensa del marxismo como filosofía del partido revolucionario tiene ya de por sí para Lenin un significado político. Pero este significado se vuelve más transparente si se tienen en cuenta las circunstancias históricas: ofensiva de la reacción y reflujo de las acciones revolucionarias. Esto da lugar a un ablandamiento de ciertos intelectuales que llegan a abjurar de la revolución y el socialismo. Y estos efectos ideológicos alcanzan incluso, dentro del partido bolchevique, a un grupo de discípulos rusos de Ernst Mach, encabezado por Bogdánov, entre los que figuran Basárov, Lunacharsky y Shuliátikov. Estos filósofos, los empiriocriticistas, miembros del partido, constituyen a su vez un grupo político —los otzovistas— que sustentan posiciones políticas opuestas a las de Lenin respecto a la participación en la III Duma (ellos se pronuncian por la retirada total del parlamento). 

Todo este conjunto de circunstancias hace que Lenin sienta la necesidad de defender el marxismo frente a una “variedad del idealismo” y, con mayor tesón aún, cuando ve que esa filosofía idealista se hace pasar por marxista y, a mayor abundamiento, cuando sus exponentes son miembros del partido marxista revolucionario. Ahora bien, todo lo anterior podría llevar fácilmente a la conclusión de que, en fin de cuentas, lo que persigue Lenin es vencer con un arma filosófica a un grupo político dentro del partido. Semejante conclusión vendría a reforzar la imagen practicista o tacticista que de Lenin han trazado algunos de sus críticos burgueses. Pero el propio Lenin que tan rotundamente ha puesto de relieve los nexos entre filosofía y política no piensa que el tránsito de una a otra sea tan directo. En carta a Gorki escribe por ese tiempo: “...Obstaculizar la labor orientada a hacer funcionar en el partido obrero la táctica de la socialdemocracia con disputas sobre la superioridad del materialismo o de la doctrina de Mach… sería una torpeza inadmisible”.

Ahora bien, para Lenin la defensa del marxismo es ya de por sí una tarea política revolucionaria que no puede ser soslayada y, menos aún, cuando esa defensa tiene que ser asumida dentro del partido mismo. Esa tarea se ha vuelto indispensable aunque la defensa del marxismo entrañe la crítica de las posiciones filosóficas de un grupo que, en el interior del partido, mantiene una posición política divergente. En suma, lo que encontramos en Materialismo y empiriocriticismo no es un filosofar al servicio de un objetivo político inmediato (derrotar políticamente a los “otzovistas”), sino el filosofar como crítica de una filosofía reaccionaria que habla “en nombre del marxismo”, lo que entraña una tarea política. Y esto explica que el político práctico se haya elevado, o haya descendido, al plano general y abstracto de las cuestiones filosóficas.

Idealismo, materialismo y práctica

Los discípulos rusos de Mach pretenden haber superado la división de idealismo y materialismo al propugnar una doctrina de los “elementos del mundo” o sensaciones, que serían neutrales respecto de lo físico y lo psíquico. De acuerdo con ellos, lo que llamamos “materia” o “mundo exterior” sólo sería un “aspecto de nuestras sensaciones”. Aunque Lenin haya caído en cierto esquematismo al enfrentarse a esta nueva forma de idealismo así como en el error de situarla en la línea solipsista de Berkeley y no en la trascendental de Kant, él ha visto —y ha visto bien— que la filosofía empiriocriticista, como doctrina del mundo, es idealista. El uso de estos términos aparentemente neutrales: “elementos”, “sensaciones” o “experiencia” en un sentido subjetivo, sin significado objetivo, hacen de esa filosofía supuestamente conciliable con el marxismo, una versión más del idealismo en cuanto que niega: a) la existencia del mundo exterior, de la realidad objetiva; b) la objetividad del conocimiento como reflejo de la realidad. A esto contrapone Lenin la tesis propia de todo materialismo acerca de la primacía del ser, de la materia, sobre la conciencia en el doble plano señalado ya por Engels: ontológico (la materia es lo primario y la conciencia lo derivado) y gnoseológico (la conciencia refleja o reproduce el mundo exterior que existe independientemente de ella).

En Materialismo y empiriocriticismo se reafirman categóricamente las tesis enguelsianas. En un apartado que lleva el título de: “¿Existía la naturaleza antes que el hombre?”, Lenin afirma: “La materia es lo primario; el pensamiento, la conciencia, la sensación son el producto de un alto desarrollo4 y esta prioridad se expresa también al decir que existe la realidad objetiva como fuente de nuestras sensaciones. Reconocida esta prioridad ontológica de la materia sobre la conciencia, de lo reflejado sobre lo que lo refleja, Lenin sostiene frente a la tesis idealista de que el mundo exterior es un “aspecto de nuestras sensaciones” que la única conclusión “que el materialismo coloca conscientemente como base de su gnoseología, consiste en que fuera de nosotros e independientemente de nosotros existen objetos, cosas, cuerpos, que nuestras sensaciones son imágenes del mundo exterior“. 5 El conocimiento es, pues, como Lenin dice también, copia o reflejo de la realidad que existe fuera e independientemente de nuestra conciencia, lo que es asimismo la convicción del “realismo ingenuo“.

Tal es ciertamente la tesis del materialismo o su verdad elemental en la relación sujeto-objeto. Ahora bien, esta tesis —tal como la sostiene y expone Lenin— no puede dejar de suscitar en nosotros algunas reflexiones. Con referencia a la prioridad ontológica de la naturaleza o de la materia, ya Marx había reconocido en sus obras de juventud (Manuscritos económico-filosóficos de 1844 y La ideología alemana) que para él esa prioridad no estaba en cuestión. 6 Pero el joven Marx nos hace ver también que para él, o sea para el materialismo que él sostiene y al cual no renunciará jamás, la cuestión no es esa. Marx no trata de separarse del idealismo para hacerse materialista pura y simplemente por el reconocimiento de la anterioridad de la naturaleza con respecto al hombre, o de la prioridad del ser sobre el pensamiento, o del mundo exterior sobre la conciencia. No se trata para él de invertir la relación entre dos términos (naturaleza-hombre, sujeto-objeto, conciencia-mundo), considerados en su unidad por el idealismo, dejando a ambos, tras de romper esa unidad, en una relación puramente exterior. Para Marx se trata de una nueva unidad, no ya la establecida en y por el sujeto, en y por la conciencia, en la cual —como en el caso del empiriocriticismo— lo objetivo se disuelve en lo subjetivo. Para Marx se trata de la unidad de hombre y naturaleza, de sujeto y objeto que se da en y por la praxis, como actividad práctica humana transformadora de la realidad natural y social.

En este sentido, Marx supera tanto el idealismo que sólo concibe la actividad del hombre en forma subjetiva, abstracta como el materialismo que ve el objeto como algo exterior o simple objeto a contemplar al margen de la actividad del sujeto. Tal es la distinción que Marx hace tanto del idealismo como del materialismo anterior, en su Tesis I sobre Feuerbach. 7

Si desde este materialismo nuevo, práctico, marxiano, volvemos ahora a la crítica de Lenin al idealismo de los discípulos rusos de Mach, vemos clara mente que hace esa crítica desde el punto de vista del materialismo tradicional, o sea, desde el punto de vista del materialismo “elemental” o de “todo materialismo” que es justamente el que Marx critica y pretende superar. Lo que falta en la crítica leniniana es precisamente lo que distingue al materialismo de Marx del tradicional, es decir: la relación sujeto-objeto, hombre-naturaleza, conciencia-mundo por mediación de la. praxis.

El punto de vista de Lenin es, en este sentido, anterior a la superación de idealismo-materialismo propuesta en la Tesis I sobre Feuerbach y de ahí que se instale dentro de la oposición que Marx señala y supera con su materialismo práctico. Lenin se sitúa, por tanto, en el materialismo anterior, premarxiano, para el cual sujeto y objeto se dan en una pura relación de exterioridad.

Lenin tiene razón desde el punto de vista de ese materialismo tradicional: “Materialismo es el reconocimiento de los ‘objetos en sí’, o de los objetos fuera de la mente…8 pero no la tiene, o es insuficiente, si se trata del materialismo de Marx que ve el objeto como producto social de la actividad práctica humana. Y es justamente la práctica lo que Lenin deja en la sombra cuando trata de rescatar la objetividad disuelta en el idealismo de los machistas rusos.

Se podrá objetar tal vez que la práctica no está ausente de Materialismo y empiriocritícismo. Y, en verdad, hay ahí referencias a ella puesto que se habla de la Tesis II sobre Feuerbach y, ante todo, tenemos el apartado entero del capítulo II titulado “El criterio de la práctica en la teoría del conocimiento“. Y, ciertamente, hay que reconocer que en este punto Lenin dice cosas acertadas e importantes. Así, por ejemplo, cuando distingue entre “el éxito de la práctica humana” para el materialista y “el éxito” para el solipsista (o pragmatista) entendido como “todo aquello que ya necesito en la práctica”. 9 En el primer caso, el éxito demuestra “la concordancia de nuestras representaciones con la naturaleza de las cosas que percibimos”. 10 Y es también un acierto que Lenin señale que el criterio de la práctica nunca es definitivo o completamente suficiente: “…El criterio de la práctica en el fondo nunca puede confirmar o refutar completamente una representación humana cualquiera.11 Lo que quiere decir que ese criterio es el de la práctica considerada social e históricamente. Lenin acierta también al establecer un nexo entre el criterio de práctica y el materialismo: “Si incluimos el criterio de la práctica en la base del conocimiento, esto nos lleva inevitablemente al materialismo…”. 12

Podríamos señalar, sin embargo, que si la introducción del criterio de práctica cierra el paso al idealismo también lo cierra al materialismo tradicional, contemplativo, que Lenin ahora parece dejar atrás. Pero este paso no puede darlo mientras reduzca el papel de la praxis —como lo reduce en Materialismo y empiriocriticismo— a criterio de verificación y no lo vea —en cuanto actividad transformadora de la naturaleza y la sociedad— como fundamento del hombre, de la historia y el conocimiento. Sólo así se puede cumplir lo que propugna el propio Lenin: “El punto de vista de la vida, de la práctica, debe ser el punto de vista primero y fundamental de la teoría del conocimiento.13 Y asimismo este punto de vista se podrá extender, al superar las concepciones idealista y materialista tradicional, de la gnoseología a la teoría del hombre, de la sociedad y de la historia.

¿Cómo se puede explicar esta fidelidad de Lenin al materialismo criticado por Marx y, en consecuencia, su omisión de la praxis como horizonte filosófico fundamental? Anton Pannekoek y Karl Korsch abordaron hace tiempo esta cuestión. Pero Pannekoek a la vez que embellece un tanto la filosofía empiriocriticista funda demasiado mecánicamente la analogía entre las concepciones filosóficas de Lenin y el materialismo burgués del siglo XVIII en la semejanza de la lucha que se libraba en Rusia contra el absolutismo con “la dada tiempo atrás por la burguesía y los intelectuales de Europa Occidental”. 14 Korsch, por su parte, acerca exageradamente el machismo ruso al materialismo marxiano hasta el punto de ver en la definición de Bogdánov del mundo físico como la “experiencia socialmente organizada” la solución “realmente materialista y proletaria del problema planteado por Marx en las Tesis sobre Feuerbach”, o sea, la necesidad de concebir el mundo como praxis. Ahora bien, a nuestro juicio, no se puede identificar la “experiencia socialmente organizada” —que no rebasa el nivel intersubjetivo— con la práctica en su sentido marxista: como actividad subjetiva y objetiva a la vez. Pero hay que reconocer que Korsch fue de los primeros en advertir la involución leniniana a una concepción no dialéctica y premarxiana de las relaciones entre el pensamiento y el ser, y entre la teoría y la práctica, en Materialísmo y empiriocriticismo. 15

La razón fundamental del olvido en que Lenin —genial revolucionario práctico— tiene a la práctica en el plano teórico, está en su inserción en la tradición filosófica marxista que arranca del Engels del Anti-Dühríng, empeñado en elaborar una concepción filosófica general en la que se pierde el papel cardinal que a la praxis asignaba Marx. Y esa inserción se refuerza en Lenin con la ayuda del pensador que, hasta el final de su vida, él tuvo por el marxista más grande de Rusia y su maestro indiscutible: Plejánov. Y ello no obstante sus divergencias políticas. La crítica de Lenin al idealismo en su Materialismo y empiriocritícísmo es una crítica plejanoviana en la que falta el principio praxeológico fundamental.

El objetivo que se traza Lenin en esta obra es de orden político-práctico, pero perfectamente legítimo: criticar una “variedad del idealismo” que se hace pasar por marxista. Y para esto tiene que recurrir necesariamente al marxismo como filosofía, entendido por él ante todo como materialismo. Por esta razón, al idealismo de los lejanos continuadores rusos de Berkeley le opone los principios de todo materialismo, sus verdades elementales. Pero, como hemos tratado de demostrar, esos principios elementales —que son los del materialismo anterior no bastan para una verdadera crítica marxista. Ahora bien, Lenin no siente la necesidad de ir más allá de ese marco general y elemental de todo materialismo. Por otro lado, tampoco habría podido hacerlo de la mano de Plejánov.

La dialéctica a la vista

Entre 1914 y 1916 la atención de Lenin en su exilio ginebrino se concentra en el estudio a fondo de la Ciencia de la lógica de Hegel. Sus comentarios, notas al margen e incluso sus interjecciones se recogen, junto con los relativos a Heráclito, Aristóteles, Leibniz, etc, en sus Cuadernos filosóficos, publicados por primera vez en 1929-1950. Lenin lee, estudia y anota a Hegel en los años de la primera Guerra Mundial, años en que se enconan las contradicciones del capitalismo y entra en bancarrota la Segunda Internacional y con ella la concepción evolutiva, pacífica del desarrollo social a la vez que maduran objetivamente las condiciones para un salto revolucionario. En esas circunstancias no puede considerarse una coincidencia casual que Lenin se interese por la dialéctica como método de conocimiento del movimiento de lo real, particularmente de la sociedad y la historia.

Desde esta perspectiva se comprende también que concentre su atención en la dialéctica hegeliana, una de las fuentes del pensamiento de Marx. Lenin lee a Hegel en su obra más idealista y abstracta para esclarecerse a sí mismo los problemas del desarrollo dialéctica en un momento en que estallan las más agudas contradicciones y se convierte en una necesidad vital conocerlas, orientarse en el laberinto de ellas y encontrar su superación por la vía de la lucha revolucionaria. De este modo, la tarea de comprender la dialéctica como el método más adecuado de conocimiento del devenir real se convierte en una tarea teórico-práctica, impuesta por las exigencias de una compleja y tormentosa época de guerras, crisis y revoluciones. Y a ella se consagra Lenin en su retiro de Ginebra a través de la lectura cuidadosa de la oscura Lógica hegeliana que suscita sus notas densas y apretadas entre signos de admiración y también entre alguna que otra carcajada. Pero, en definitiva, la teorizacíón que alcanza en sus notas sobre Hegel su nivel más abstracto aparece determinada por la práctica, es decir, como tarea teórica necesaria para impulsarla en una época de agudas y violentas contradicciones.

La dialéctica del conocimiento 

La dialéctica es el problema central en las notas de Lenin sobre la lógica hegeliana, pero tratado ante todo a un nivel gnoseológico y metodológico. Problemas como el de las relaciones entre el pensamiento y su objeto, la teoría del reflejo, la crítica del idealismo y el papel de la práctica en el proceso cognoscitivo, emparentan por su carácter gnoseológico los Cuadernos con su obra filosófica anterior, Materialismo y empiriocritícismo. Pero aquéllos, por las razones que veremos, distan mucho de ser un simple desenvolvimiento de esta última; en los Cuadernos no sólo hay un enriquecimiento de algunas tesis suyas sino también en otras, fundamentales, una verdadera rectificación. Asimismo, por lo que toca a la cuestión que nos interesa especialmente -la cuestión de la praxis—, Lenin supera la pobreza y unilateralidad de su planteamiento anterior. Y lo supera precisamente al concebir dialécticamente el proceso de conocimiento. Veamos a grandes rasgos esa dialéctica como instrumento metodológico indispensable para poder captar la dialéctica de lo real.

Mientras que en su obra anterior la atención de Lenin se concentra en el materialismo, en los Cuadernos se vuelca en la dialéctica. La clave de ella, su esencia, la encuentra en la “unidad de contrarios”; por esto dice que la dialéctica “puede ser definida como la doctrina de la unidad de los contrarios”. 16 Así concebida es la ley de toda realidad. De acuerdo con su carácter fundamental, Lenin da al antagonismo, a la lucha, un sentido absoluto, mientras que la unidad la considera relativa. “La unidad (coincidencia, identidad, equivalencia) de los contrarios es condicional, temporal, transitoria, relativa. La lucha de los contrarios mutuamente excluyentes es absoluta, como son absolutos el desarrollo y el movimiento.17 Esta perspectiva de lucha con su carácter absoluto imprime a la dialéctica su contenido revolucionario.

El conocimiento no puede escapar a esta perspectiva dialéctica impuesta por el movimiento de lo real, y el esfuerzo principal en la lectura leniniana tiende precisamente a aplicar la dialéctica a la esfera de conocimiento. La concepción dialéctica del proceso cognoscitivo obliga a Lenin a revisar sus ideas anteriores y, en particular, su teoría del reflejo al subrayar vigorosamente tres características del conocimiento: a) como proceso de desarrollo; b) como actividad del sujeto y c) como proceso que incluye a la práctica.

Cuando Lenin quiere subrayar lo que es esa dialéctica para Hegel extrae, entre otros, este pasaje suyo que “resume bastante bien… lo que es la dialéctica”: “El conocimiento se va desarrollando de contenido en contenido… El resultado contiene su propio comienzo y el desarrollo de este comienzo lo ha enriquecido con una nueva determinación.18

Lenin hace suya esta idea maestra de Hegel. Pensamiento y objeto se hallan en relación, pero esta tiene que verse no como una relación estática, inerte sino dinámica, como un proceso, en movimiento, eterno e infinito, porque de acuerdo con el carácter absoluto de la lucha de contrarios es eterna e infinita la contradicción entre el pensamiento y el objeto. “El conocimiento es la aproximación eterna, infinita, del pensamiento al objeto. El reflejo de la naturaleza en el pensamiento del hombre debe ser entendido no ‘en forma inerte’, no ‘en forma abstracta’, no carente de movimiento, NO CARENTE DE CONTRADICCIONES, sino en el eterno PROCESO del movimiento, en el surgimiento de las contradicciones y su solución.19

La idea del conocimiento como movimiento infinito, como proceso, estaba ya apuntada ciertamente en Materialismo y empiriocriticismo como aproximación de nuestros conocimientos a la verdad objetiva, pero es ahora cuando adquiere toda su plenitud. Esta idea la expresa Lenin en diferentes formas, a saber: movimiento de lo abstracto a lo concreto, de la percepción viva a la práctica pasando por el pensamiento abstracto, de la idea subjetiva a la verdad objetiva a través de la práctica, de la sensación al pensamiento, etcétera.

En este movimiento la esencia se muestra a diferentes niveles de profundidad. Lo que en un momento determinado se presenta como una esencia profunda deja paso, en otro, a otra más profunda. De este modo, en el proceso de conocimiento, esencia y fenómeno se relativizan. Lo que se mantiene es dicho proceso como paso incesante a una esencia cada vez más profunda. “El pensamiento humano se hace indefinidamente más profundo, de la apariencia a la esencia, de la esencia de primer grado, por decirlo así, a la esencia de segundo orden y así hasta el infinito… no sólo las apariencias son transitorias, móviles, fluidas, demarcadas sólo por límites convencionales, sino que también es así la esencia de las cosas.20

Pero el conocimiento no sólo se inscribe en un proceso de esencias sino que él mismo como reflejo es también un proceso; es decir, no sólo es dinámico sino activo. El conocimiento es actividad, lo que echa por tierra la idea del reflejo pasivo o reflejo en el espejo, de inspiración sensualista o empirista, que podía encontrarse todavía en Materialísmo y empiriocriticismo (recuérdese su idea del conocimiento como “calco”, “copia” o “imagen” del mundo exterior).

El conocimiento es una actividad, un proceso en el curso del cual se recurre a una serie de operaciones y procedimientos para transformar los datos iniciales (nivel empírico) en un sistema de conceptos (nivel teórico). Elevándose así de lo concreto a lo abstracto, constituye por ello mismo una actividad cognoscitiva creadora. Lenin señala a este respecto que se trata de una actividad necesaria justamente para poder aproximar el pensamiento al objeto, para reproducirlo intelectualmente. “El pensamiento al elevarse de lo concreto a lo abstracto no se aleja —si es correcto…— de la verdad, sino que se aproxima a ella.21 Es decir, la actividad del conocimiento como elevación de lo concreto a lo abstracto es condición indispensable para la reproducción intelectual del objeto.

Así, pues, el reflejo no es un acto simple e inmediato —al nivel de la sensación— sino un resultado que se alcanza en la fase del pensamiento abstracto, como producto de un proceso de transformación de lo inmediato en conceptos. “El conocimiento es el reflejo de la naturaleza por el hombre. Pero no es un reflejo simple, inmediato, total, sino el proceso de una serie de abstracciones, la formación y el desarrollo de los conceptos.22 Se trata, pues, de la construcción del objeto pero no en un sentido kantiano (para Kant no habría propiamente más objeto que ése) ni hegeliano (pues lo que se constituye es un objeto idea] y no real), pero ciertamente se trata de una actividad creadora: la producción de un objeto teórico.

Con lo anterior no hemos dicho aún lo más importante del planteamiento de Lenin, a saber: que esta actividad teórica, reflejo activo o reproducción conceptual del objeto que constituye propiamente el conocimiento se vincula necesariamente con la práctica. Llegamos así al problema medular del papel de la práctica en el conocimiento, lo que nos obliga a considerar primero lo que Lenin entiende por práctica.

La práctica como actividad dirigida a un fin

Al caracterizar la práctica como “actividad del hombre dirigida a un fin23 Lenin subraya su aspecto consciente, subjetivo. Pero la práctica opera sobre un mundo objetivo que se encuentra ante el hombre y le impone límites a su actividad. Para transformarlo real, efectivamente, tiene que tomar en cuenta su legalidad. “En su actividad práctica, el hombre se ve ante el mundo objetivo, depende de él y determina su actividad de acuerdo con el.24

La práctica no es, por tanto, una actividad puramente subjetiva; el mundo objetivo al determinarla hace de ella una forma del proceso objetivo; la otra es la naturaleza. “Dos formas del proceso objetivo: la naturaleza (mecánica y química) y la actividad del hombre, dirigida hacia un fin.25 No se puede separa una forma de otra, lo subjetivo de lo objetivo, los fines del hombre hacia los cuales se dirige la actividad práctica y el mundo objetivo. “En realidad, los fines del hombre son engendrados por el mundo objetivo y lo presuponen —lo encuentran como algo dado, presente.26

Recordemos la dicotomía hegeliana de idea teórica e idea práctica de acuerdo con la cual en la primera el sujeto toma su determinación del objeto mismo, mientras que en la segunda el sujeto tiene el mundo objetivo ante sí como irreal ya que la objetividad es una determinación del actuar del sujeto. Al leer a Hegel con clave antropológica y materialista, Lenin ve en el hombre el impulso “a darse objetividad en el mundo objetivo a través de sí mismo y a realizarse (cumplirse)”. 27 Es lo mismo que dice Marx, con otros términos, en El capital: al transformar la naturaleza (o sea: al darse una objetividad en el mundo objetivo), el hombre transforma su propia naturaleza (se realiza a sí mismo). 28

La práctica supone, pues, un mundo objetivo, pero con ella tenemos una nueva objetividad, no dada en la naturaleza. Y esta nueva objetividad se hace necesaria porque la que el hombre encuentra dada, presente, no le satisface: “Es decir, que el mundo no satisface al hombre y éste decide cambiarlo por medio de su actividad.29 Así, pues, la práctica existe necesariamente como medio para cambiar un mundo que no satisface al hombre, pero Lenin insiste —contra toda interpretación idealista, subjetivista— en que ese mundo existe y resiste a la práctica. “El ‘mundo objetivo’ procede por su propio camino y la práctica del hombre, ante ese mundo objetivo, encuentra ‘obstáculos en la realización’ del fin, e incluso “imposibilidad.30

Lenin insiste en algo que ha buscado constantemente en su práctica política: conocer la realidad o situación objetiva para poder cumplir los fines trazados. El desconocimiento de ella, por el contrario, tiene consecuencias negativas para su realización, es decir, para la práctica. “El incumplimiento de los fines (de la actividad humana) tiene su causa en el hecho de que la realidad es tomada como inexistente, de que no se reconoce su existencia objetiva (la de la realidad)“. 31

Ahora bien, el conocimiento de la realidad objetiva permite, lejos de excluirla, afirmar la “objetividad verdaderamente existente”, o sea, aquella que es producto de la actividad práctica humana. “La actividad del hombre… cambia la realidad exterior, suprime su determinación (= altera tal o cual de sus aspectos o cualidades) y de tal modo le elimina las características de apariencia, exterioridad y nulidad, y la torna existente en sí y por si (= objetivamente verdadera)”.32 Con lo cual tenemos que esa nueva realidad u objetividad producida por el hombre es la objetividad verdaderamente existente. Lenin, ahora sí, asimila en toda su profundidad el concepto de objeto del materialismo práctico de Marx en sus Tesis sobre Feuerbach. Este concepto de objeto, o de objetividad, entraña un concepto de práctica que rebasa el marco estrictamente gnoseológico y que se podría caracterizar, con base en los Cuadernos filosóficos, por las siguientes notas: a) es una actividad del hombre dirigida a un fin; b) en la cual se transforma un mundo objetivo (la objetividad dada, presente) y c) cuyo resultado es una objetividad verdaderamente existente.
 
La práctica en el proceso de conocimiento

Teniendo a la vista este concepto de práctica podemos detenernos ahora en la relación entre conocimiento y práctica, o también en el papel de ésta en el conocimiento. Por lo pronto, registremos lo que ya se ha reconocido en Materialismo y empiriocriticismo: la práctica como criterio de verdad, de la verdad objetiva o de la objetividad del conocimiento. Lo que el conocimiento debiera dar, dice ahora Lenin, es “…el objeto en su necesidad, en sus relaciones multilaterales, en sus movimientos contradictorios, an-und für sich“. 33 Y agrega, leyendo a Hegel con su propia clave, que “…la práctica del hombre y la humanidad es la prueba, el criterio de la objetividad del conocimiento”.

Pero Lenin no se detiene en esto. Y se comprende: en primer lugar, porque para entender por qué la práctica es criterio de verdad se precisa entender la relación de conocimiento y práctica no como algo exterior sino en su vinculación intrínseca. Se necesita tener una visión del proceso cognoscitivo que no estaba en Materialismo y empiriocriticismo y que es precisamente la consideración de la práctica desde dentro, como parte integrante, elemento o fase de dicho proceso. Lenin expresa claramente que “el proceso de conocimiento… incluye la práctica humana y la técnica“. 34 Lenin la sitúa unas veces al final de proceso: “De la percepción viva al pensamiento abstracto, y de éste a la práctica: tal es el camino dialéctica del conocimiento de la verdad, del conocimiento de la realidad objetiva.35 Otras presenta la práctica como una fase por la que ha de pasar el conocimiento: “La verdad es un proceso. De la idea subjetiva el hombre avanza hacia la verdad objetiva a través de la ‘práctica’ (y la técnica)”. 36 Pero, de un modo u otro, hay que incluir la práctica en el proceso cognoscitivo, pues —como dice Lenin: “Lo que hace falta es la unión del conocimiento y la práctica.37

Así, pues, el problema de la práctica ya planteado en Materialismo y empiriocriticismo vuelve a plantearse: “...La actividad práctica del hombre debe llevar su conciencia a la repetición de las diferentes figuras de la lógica, miles de millones de veces, a fin de que esas cifras puedan obtener la significación de axiomas.38 Pero la inclusión de la práctica en el proceso cognoscitivo le priva de la exterioridad con que se presentaba dicho criterio en la obra anterior. Ciertamente, la introducción de la práctica como criterio de verdad es ahora consecuencia necesaria de su inclusión como fase o elemento necesarios del proceso de conocimiento. Y esto lo ha visto claramente Lenin apoyándose en Hegel: “…En Hegel la práctica sirve como eslabón en el análisis del proceso de conocimiento y, por cierto, como transición hacia la verdad objetiva. Por consiguiente, Marx se ubica claramente al lado de Hegel cuando introduce el criterio de práctica en la teoría del conocimiento: Véanse las Tesis sobre F euerbach.39




¿Por qué remite Lenin a esas Tesis? Porque en ellas, o más exactamente en la Tesis II, se dice que el problema de la verdad del pensamiento no es teórico sino práctico; debe resolverse en la práctica y, al margen de ella, es un problema escolástico. Lo que quiere decir a su vez que, aislado de la práctica, no hay conocimiento (o pensamiento verdadero), pero entendiendo la relación entre ambos términos de un modo intrínseco. Ahora bien, si no hay pensamiento sin práctica, tampoco hay práctica sin pensamiento, ya que es una actividad humana dirigida a un fin, consciente. El criterio de verdad no es, pues, exterior al conocimiento sino interno a él en cuanto que la práctica entra necesariamente en el conocimiento.

Así, pues, vista desde el lado gnoseológico, la práctica es parte integrante del conocimiento, y de ahí su unión intrínseca; pero como actividad humana que transforma el mundo objetivo, dándose así el hombre nueva objetividad, requiere a su vez como parte o elemento de ella el pensamiento. En Lenin vemos claramente la unidad de los dos términos, así como su distinción. Y no sólo esto sino también la superioridad de uno sobre el otro. “La práctica es superior al conocimiento (teórico), porque posee no sólo la dignidad de lo universal, sino también la de la realidad inmediata.40

Dentro de la unidad de conocimiento y práctica hay una distinción relativa que le permite a Lenin establecer la superioridad de la práctica sobre la teoría. Y funda esta superioridad en que la práctica, posee, justamente por el elemento teórico, cognoscitivo que incluye necesariamente, “la dignidad de lo universal”, pero asimismo en cuanto que la práctica opera sobre la realidad inmediata, está en relación con ella y produce una nueva realidad (una nueva objetividad), tiene también la concreción, la inmediatez de la realidad.

Con esto podemos dar por terminado nuestro examen de la concepción leniniana de la praxis por lo que toca a la relación entre práctica y conocimiento, concepción que podemos resumir así: a) la práctica forma parte del conocimiento; b) el conocimiento sólo existe en su relación con la práctica. Pero en esta unión que no excluye la distinción, la práctica tiene la primacía porque ella es, a la vez, abstracta y concreta, universal y concreto-real.

Reconsideración del idealismo y el materialismo

A la luz de esta primacía de la práctica debemos ver ahora cómo considera Lenin las diferencias, convertidas en oposiciones, de subjetividad y objetividad así como de idealismo y materialismo, que habíamos encontrado en Materialismo y empiriocriticismo. Siguiendo a Hegel, Lenin ve que esas diferencias son relativas y que el no tener en cuenta su relatividad es lo que determina que ambos términos aparezcan en su unilateralidad de un modo absoluto. 41 Y lo que permite su relativización es justamente la práctica. “De la idea subjetiva el hombre avanza hacia la verdad objetiva a través de la práctica (y de la técnica).42

La teoría del reflejo, tal como se exponía en su obra anterior, presentaba al sujeto y al objeto, a la idea subjetiva y a la verdad objetiva, sin la mediación de la práctica. Ahora es esta última la que mantiene la diferencia, pero también sus límites entre lo subjetivo y lo objetivo. Tan unilateral es considerar que las determinaciones del objeto sólo son puestas por el sujeto como pensar que éste se limita a absorber (a reflejar) las determinaciones que extrae del objeto.

Lenin hace suyo lo que dice Hegel contra el “idealismo subjetivo” y el “realismo“, y este realismo entre comillas es el que, según Hegel, “considera el concepto subjetivo como una identidad vacía que absorbe las determinaciones del pensamiento desde fuera”. 43 En concordancia con esto, Lenin hace suya  también la formulación hegeliana en la que se expresa la superación de lo subjetivo y lo objetivo. “Muy bueno es el §225 de la ENCICLOPEDIA donde el ‘conocimiento’ (teórico) y la ‘voluntad’, la ‘actividad práctica’, son descritos como dos aspectos, dos métodos, dos medios de abolir la ‘unilateralidad’ de la subjetividad y la objetividad?.44 La primera unilateralidad es la del idealismo; la segunda, la del materialismo.

La distinción y unidad de lo subjetivo y lo objetivo, su relativización y el papel de la práctica en ella, significan que Lenin ha superado el materialismo tradicional a la vez que revalúa el idealismo. En este sentido no se puede dejar de subrayar su acercamiento a la Tesis I sobre Feuerbach. El idealismo ya no es en los Cuadernos filosóficos un simple instrumento reaccionario como se le consideraba en Materialismo y empiriocriticismo. Desarrolla el momento activo del conocimiento, pero desconoce el verdadero punto de partida (el “primer comienzo”) que es lo real y no ve que el objeto producido en esa actividad sólo se da en relación con la práctica. A su vez, la práctica no sólo está en el curso del proceso cognoscitivo sino al final en cuanto que el conocimiento se objetiva en ella. Por esto dice Lenin: “El ‘primer comienzo’ es olvidado y deformado por el idealismo. El materialismo dialéctica es el único en haber vinculado el ‘comienzo’ con la continuación y el fin.45

El idealismo no puede ser considerado simplemente absurdo. Hay en él algo racional —como reconoce Marx en su Tesis I sobre Feuerbach— que Lenin valora a la vez que señala la exageración idealista: “El idealismo filosófico es desarrollo unilateral, exagerado, de uno de los momentos reales del conocimiento.46  Y en cuanto que el conocimiento es actividad teórica, abstracta, está dada la posibilidad del idealismo “ya en la primera abstracción elemental”. 47 Es decir, está dada si el momento activo del conocimiento es aislado de la actividad práctica. En la exageración del momento real, activo y en su aislamiento radica, pues, la unilateralidad del idealismo. Por ello afirma Lenin: “El idealismo filosófico sólo es absurdo desde el punto de vista del materialismo burdo, simplista, metafísico.48 O sea, es absurdo desde el punto de vista del materialismo criticado por Marx en la citada Tesis I, que ignora precisamente lo que el idealismo desarrolla, el momento activo del conocimiento y que no toma en cuenta —al igual que el idealismo— la práctica. Con lo cual tenemos que si el idealismo deja fuera la práctica para reconocer unilateralmente la actividad teórica, el materialismo deja fuera tanto una como otra.

Lenin puede decir por todo esto que el materialismo tiene una concepción metafísica y no dialéctica del conocimiento; que deja de ver a éste en su movimiento, como un proceso del que forma parte necesariamente la práctica.

La dialéctica como conocimiento vivo… he ahí un contenido inmensamente rico en comparación con el materialismo ‘metafísico’, cuya desdicha fundamental es su incapacidad para aplicar la dialéctica a la Bildertheorie [teoría del reflejo], al proceso y desarrollo del conocimiento.49

Ahora bien, esta crítica del materialismo metafísico es aplicable al propio Lenin y tiene, por tanto, el carácter de una verdadera autocrítica en cuanto que él, en Materialismo y empiriocriticismo, tampoco ha aplicado la dialéctica al conocimiento; es decir, en cuanto que no lo ha considerado como un proceso activo del que forma parte la práctica, si bien ha reconocido su papel, desde fuera, como criterio de verificación. Y esa crítica es tanto más aplicable a Lenin si se tiene en cuenta —a la luz de la concepción dialéctica que halla su fuente en las Tesis sobre Feuerbach— que su crítica anterior del idealismo no la hace en el espíritu de esas Tesis sino del materialismo tradicional criticado, a su vez, en ellas.

Pero en cierto modo, aunque oblicuamente, Lenin reconoce la insuficiencia de su posición anterior. En efecto, su crítica actual a Plejánov, fuente de su actitud filosófica en Materialísmo y empíriocriticismo, es su propia auto-crítica:

1. Plejánov crítica al kantismo (y al agnosticismo en general) mas desde un punto de vista materialista vulgar que desde un punto de vista dialéctico materialista, en la medida en que no hace más que rechazar sus razonamientos a limine en lugar de corregirlos (como Hegel corrigió a Kant), profundizarlos, generalizarlos y ampliarlos, demostrando las conexiones y las transiciones de todos y cada uno de los conceptos.

“2. Los marxistas criticaron (a principios del siglo XX) a los kantianos y a los discípulos de Hume más bien a la manera de Feuerbach (y de Büchner) que de Hegel. 50

Si en el punto 1 lo que Lenin tiene presente sobre todo es el conocimiento como proceso viendo, por tanto, cada concepto en sus conexiones y transiciones, en el punto 2 lo que hace ver es el carácter materialista contemplativo de la crítica —la suya anterior— del idealismo “a la manera de Feuerbach ”.

Recapitulación: Lenin, teórico de la praxis

Si la praxis es actividad subjetiva y objetiva, conocimiento teórico y práctica, superación de la unilateralidad de la subjetividad y la objetividad, podemos comprender la importancia que Lenin concede a la teoría, importancia que se pone de manifiesto en su propia actividad teórica y práctica política. La teoría no es exterior a la práctica, a la vez que esta última forma parte de la producción teórica. Desde que inicia su actividad revolucionaria, Lenin ha tenido conciencia de que las posiciones prácticas en la lucha real involucran posiciones teóricas. Allí donde la práctica política se estanca, deforma o desvía hay que ver también —pues “la subjetividad está en los actos mísmos”— un estancamiento, deformación o desviación teóricos. Ya en una obra tan temprana como Quiénes son los “amigos del pueblo” (1894) vemos claramente el contenido práctico de su actividad teórica: acabar con las ilusiones, apoyarse en el desarrollo efectivo y no en el deseable; o también: “señalar la salida de este orden de cosas que es indicada por el desarrollo económic0“. 51 La teoría se vuelve práctica; ella permite despertar conciencias, agitar, etc, pero, dice asimismo Lenin, a condición de que responda: a) a las demandas del proletariado; b) a exigencias científicas. O sea: para Lenin, la función práctica de la teoría (su condición de respuesta a exigencias prácticas, del proletariado) se halla vinculada a su carácter científico, vinculación que es propia del marxismo o de la teoría y la práctica políticas inspiradas por él.

La unión de ambos aspectos es, a juicio de Lenin, lo distintivo de la teoría de Marx ya que “por su misma esencia es una teoría crítica y revolucionaria”, y aclara inmediatamente que crítica significa aquí materialista, científica. “Esta teoría se plantea directamente como su tarea poner al descubierto todas las formas del antagonismo y de la explotación de la sociedad moderna, seguir su evolución, demostrar su carácter transitorio, lo inevitable de su conversión en otra forma y ser-oir así al proletariado para que éste termine lo antes posible, y con la mayor facilidad posible, con toda explotación.52

La teoría marxista es científica y, justamente por serlo, sirve al proletariado. Este servicio no es casual, ya que la teoría existe en función de una práctica —la del proletariado— y como parte de ella. Así, pues, en la teoría misma se dan indisolublemente unidos su carácter científico y su naturaleza práctica revolucionaria. Por ello, agrega Lenin, el marxismo “une un rígido y supremo cientifismo siendo como es la última palabra de la ciencia social y el revolucionarismo, y los une no casualmente… sino que los une en su teoría misma con lazos eternos e indisolubles”. 53

Tenemos, pues, que la función práctica de la teoría estriba en ayudar al proletariado en su lucha y, por tanto, en su encontrarse en los actos mismos (racionalidad práctica), pero sólo puede ayudarle (hacerse presente en esos actos) como teoría científica. He ahí por qué Lenin habla de “lazos internos e indisolubles” entre su cientifismo y su revolucionarismo; el cientifismo se vuelve necesario para poder formular normas, programas o consignas fundados, no utópicos, sin que por ello la ciencia tenga que desnaturalizarse. Por el contrario, la “verdadera consigna de lucha” de la ciencia es, según Lenin, “saber presentar objetivamente esta lucha como producto de un determinado sistema de relaciones de producción, saber comprender la necesidad de esta lucha, su contenido, el curso y las condiciones de su desarrollo”. 54

Hay un objetivo general en el marco del cual se inscribe para Lenin el conocimiento y la programación política, a. saber: la “destrucción completa y definitiva de toda explotación”. Y ello cualquiera que sea el nivel de la abstracción o el grado de inmediatez o urgencia del programa politico. La teoría para Lenin como conocimiento cientifico de la realidad historico-social que se aspira a transformar de acuerdo con fines revolucionarios, es pues no sólo reflexión sobre la praxis sino ante todo teoría de la praxis, teoría que surge de la práctica, la sirve y a la vez está en la práctica misma como parte necesaria e indisoluble de ella.

NOTAS
1. Carta a Gorki, 25 dc febrero de 1908, en: V. I. Lenin, Obras completas, trad. esp. de la 43 edición rusa, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1958-1960, t. 13, pp. 456-457. (Todas las citas de Lenin se hacen por esta edición.)
2. V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticisma, en: Obras completas, t. 14, p. 18.
3. Lenin, “Los que nos niegan”, Obras completas, t. 17, p. 68.
4. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. cit., p. 74.
5. Ibid., p. 102
6. Cf. C. Marx, Manuscritos económico-filosóficos de 1844, en: C. Marx y F. Engels, Escritos económicos varios, trad. de W. Roces Grijalbo, México, D. F., 1962, pp, 117, 123 y C. Marx y F. Engels, La ideología alemana, trad. de W. Roces, EPU, Montevideo, 1959, pp. 46-47.
7. C. Marx, Tesis sobre Feuerbach, en: C. Marx y F. Engels, La ideologia alemana, ed. cit., p. 633.
8. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. cit., p. 25.
9. Ibid, p. 138.
10. Ibid.
11. lbid, p. 141.
12. Ibid., p. 149.
13. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, p. 141.
14. Cf. Anton Pannekoek, “Lenin filósofo” y Karl: Korsch, “La filosofía de Lenin”, en: K. Korsch y A. Pannekoek, Lenin filósofo, trad. de J. Garzón, Ed. I-Iadise, México, D. F., 1972.
15. lbid, p. 37.
16. Lenin, Cuadernos filosóficos, en: Obras completas, t. 8B, p. 214.
17. Ibid» p. 352.
18. Ibid, p. 223.
19. Ibid, p. 188.
20. Ibid., pp. 245-246.
21. Ibid, p. 165.
22. Ibid., p. 176.
23. Ibid., p. 181.
24. Ibid.
25. lbid., p. 182.
26. Ibid, p. 183.
27. Ibid, pp. 204-205.
28. C. Marx, El capital, I, trad. de W. Roces, Fondo de Cultura Económica, México-Buenos Aires, 1964, p. 130.
29. Lenin, Cuadernos filosóficos, p. 205.
30. Ibíd., p. 206.
31. Ibid, p. 210.
32. Ibid, p. 210.
33. Ibid, p. 203.
34. Ibid., p. 195.
35. Ibid, p. 165.
36. Ibid., p. 193.
s7. Ibid., p. 20s.
38. Ibid., p. 184.
39. Ibid., p. 184.
4o. Ibid., p. 206.
41. Ibid., p. 20o.
42. Ibid., p. 193
43. Lenin, Cuadernos filosóficos, p. 200.
44. lbid.
45. lbid.
46. Ibid, p, 284.
47. Ibid., p. 354.
48. Ibid, pp. 363-364.
49. Lenin, Cuadernos filosóficos, p. 354.
50. Ibid,, pp. 173-174.
51. Lenin. Quiénes son los “amigos del puebla”, en: Obras completas, t. l, p. 314.
52. Lenin. Ibid, p, 347.
53. Ibid.
51 Lenin. Quiénes son los “amigos del puebla”, en: Obras completas, t. l, p. 314.
52 Lenin. Ibid, p, 347.
54. Ibid., p. 348

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